John Wick 2: un nuevo día para matar

“John Wick 2: un nuevo día para matar”  retoma al personaje del sicario que interpreta Keanu Reeves. Asesino despiadado, ahora le toca cumplir una misión en Italia, cumpliendo una faena de reciprocidad mafiosa.

La historia es una suma de lugares comunes del género, pero el relato tiene una energía especial, a la manera de esas series B de antaño potenciadas por un tratamiento cinematográfico que encuentra soluciones visuales con mucho talento

El realizador Chad Stahelski  filma la violencia más brutal con eficacia de artesano inspirado. El relato nunca pierde el paso. Convierte cada enfrentamiento en un espectáculo visual. No se deja seducir por ese montaje frenético, en el estilo de Michael Bay o “Resident Evil”,  que segmenta las acciones hasta convertirla en sombras que se atropellan. Por el contrario, sin perder la fluencia del ritmo, detalla posturas y perfiles de ese Keanu Reeves que tiene algo de Neo, algo de Ronin, algo del agente de “Point Break”. Es decir, es un Keanu Reeves recargado con su propia imagen.

Pero lo más atractivo es el modo en que Stahelski valoriza los espacios de Roma y de Nueva York. Lo hace en el estilo del cine negro, agregándole un toque de estilización “hi-tech” y manierismo posmoderno. Convierte las escenas de acción en instalaciones de museo, contrastando las escenas de fuerza y poder masculino de las esculturas clásicas con los gestos sumarios del sicario de hoy. Se asoma un costado paródico que da respiro a la violencia.

La fotografía, de tonos sombríos y metálicos, aporta personalidad a la imagen. Los actores secundarios lucen duros como la roca y siniestros como una serpiente cascabel. Y aparece Franco Nero, el actor italiano que encarnó al bandolero Django allá por los años sesenta. John Wick y el vaquero de la metralleta escondida en el ataúd se encuentran.  Mejor es ponerse a buen recaudo.

Ricardo Bedoya

 

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