Nada que perder

“Nada que perder” (“Hell and High Water”), del escocés David Mackenzie, es una película lograda y apasionante.

El escenario, desolado, es el de una vieja comanchería. El territorio del Oeste mítico de las leyendas fundadores es ahora una zona parcelada por la codicia de los bancos, como antes lo fue por la rapiña de los blancos, que se lo arrebataron a sus propietarios originales, los comanches, amos de la llanura.

Ahí pululan los indignados, los que guardan rencor. Y los desesperados,  como esos hermanos (excepcionales Ben Foster y Chris Pine) que deciden enfrentar la especulación de los poderosos.

El perfil de “Nada que perder” es el de un western clásico, pero ambientado en estos días de ira. El Oeste no está afectado por la llegada del siglo XX, como en los westerns terminales de los años sesenta. Es una crisis profunda la que lo marca, a inicios del siglo XXI, con los signos del abandono. América ha perdido su gran sueño.   

En el centro de las acciones están dos asaltantes de bancos. Ejercen faenas que parecen haber quedado en el pasado, pero que vuelven como fantasmas. De signos opuestos, esos asaltantes no solo comparten lazos de sangre; están unidos por el rencor hacia los bancos expoliadores. Uno proclama su espíritu libertario y comanche; es violento y arrebatado. El otro es introvertido y reflexivo, pero el desencanto lo impulsa a la acción criminal. 

Los antagonistas (o, acaso, los protagonistas) son un “Texas Ranger (Jeff Bridges) y su asistente (Gil Birmingham), de ascendientes indígenas y mexicanos. Ellos esperan la llegada de los “bandidos” y los acechan con sigilo. Los diálogos que intercambian, siempre incorrectos, tienen un sentido del humor que mezcla el desengaño con la complicidad. Entre bromas y veras, las frases racistas, agresivas, esbozan un retrato de los prejuicios y sentidos comunes que sustentan la relación entre el blanco y el indio.   

Pero esa confrontación entre “villanos” y “rangers” solo es asunto de roles que deben desempeñarse con eficiencia y profesionalismo. Bajo el sol de Texas, siempre en la carretera, entre el polvo y el calor, los hombres en pugna respetan los códigos del honor y saben comprender las razones del otro. Y Jeff Bridges es un vaquero auténtico. Curtido y sabio, al borde de la jubilación, espera cumplir su última tarea y salir de escena con nobleza. De talante bronco y pronunciación marcada (Bridges sobreactúa con descaro y maestría), mantiene una fragilidad esencial. Estar en el lado de la legalidad no lo ciega al dolor de los texanos indignados. Y sabe que matar a un hombre es un peso que se carga por siempre. 

Y entre unos y otros se dibujan retratos formidables de los texanos de a pie, esos que llevan a cuestas las hipotecas bancarias como si fuesen condenas a perpetuidad. Unos vaqueros viejos que parecen resignados a su situación; una camarera pulposa que deja entrever en la mirada su deseo y su furia; la vieja empleada del restaurante que ha pasado más de cuatro décadas preguntando a los comensales sobre lo que no van a pedir.  Personajes secundarios que aparecen apenas unos minutos, pero que ponen el color, el dolor y la humanidad a esta historia de perdedores.

Pero lo mejor de “Nada que perder” está en ese lirismo seco que aparece al son del “folk country” mientras vemos al fondo del encuadre una tormenta de polvo, o un atardecer con los hermanos reencontrando los juegos de su infancia. También, en el empleo virtuoso de la pantalla panorámica y de la foto naturalista de Giles Nuttgens (en la tradición de los grandes fotógrafos de westerns, desde  William Clotier hasta  Lucien Ballard), que aporta ese brillo dorado al amanecer que contrasta con los escenarios polvorientos del desastre social. Y en el uso de los silencios y las pausas en los diálogos, mientras los actores se miran: como ocurre en las secuencias de la despedida de los hermanos, de la visita al dormitorio de la madre muerta, y en el formidable diálogo final entre Bridges y Pine, que se suspende un instante por la llegada de la familia. Se apunta entre ellos una extraña complicidad, hecha de silencios.

Ricardo Bedoya 

 

2 thoughts on “Nada que perder

  1. Ricardo, el título original es “Hell or High Water” (cuya traducción literal sería “el infierno o un aluvión de agua”, una cosa o la otra). El título que funciona mejor es el que le pusieron en España y Francia: “Comancheria”. En Argentina y Colombia la han titulado “Sin nada que perder”. En México se llama “Enemigo de todos”. “Nada que perder” también fue el título de una comedia de acción protagonizada por Tim Robbins y Martin Lawrence que se estrenó en nuestro país en 1997.

  2. El nombre que le han dado en España (Comanchería) es horrible, como tantos otros que ponen por allá. Tampoco hubiera sido mejor traducir literalmente el título porque no tendría sentido ya que es un dicho muy propio de los texanos. Lo mejor hubiera sido recurrir a el equivalente que tenemos para esa frase, que es “Contra viento y marea”.

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