Toni Erdmann

¿Eres humana?, pregunta Winfried Conradi a su hija Inés.  Él (Peter Somonischek) es un hombre mayor, acaso militante de causas libertarias en su juventud, allá por los años sesenta; ella (Sandra Hüller), una mujer de treinta y tantos años, ejecutiva globalizada, lleva una  vida sin espacio para los afectos. Las tensiones, choques y sorpresas entre padre e hija dan carne y sustancia a  “Toni Erdmann”, de la realizadora Maren Ade.

Las acciones transcurren casi en su totalidad en Bucarest, la ciudad visitada por Inés, que ejerce como consultora en procesos de “externalización”. Está en Rumania, por encargo de una compañía alemana, para estudiar las estrategias que dejarán sin empleo a trabajadores cuyas labores serán “tercerizadas”. Hasta ahí llega Winfried para sabotear las certezas de la mujer. Lo hace apelando a la simulación y a los disfraces.

Una prótesis dental y una peluca desgreñada lo convierten en la representación grotesca de un empresario internacional. “Toni Erdmann”, alter ego de Winfried, es el personaje carnavalesco que aparece donde nadie lo espera. Es una suerte de “Boudu, salvado de las aguas” (ese antecedente del “señor Mierda”, de Carax, que prolonga también al Doctor Cordelier), tan saboteador como el personaje de Jean Renoir, pero en un registro menos tumultuoso. Conduce la mirada de la hija por un escenario obsceno: el del frenesí del capitalismo competitivo y el de la alienación personal;  también, el de la Europa pobre.

Maren Ade trabaja la técnica del gag, del humor visual,  en estilo relajado, puro “slow burn”: el esperpéntico Toni aparece siempre en el fondo del encuadre y se mantiene ahí, a la espera de su entrada burlesca hasta el primer término. Los personajes aún no lo ven, pero sí los espectadores. Sabemos que se acerca la sorpresa o el disgusto. La silueta extravagante de Tony es como un catalizador de efecto retardado.

Los tiempos dilatados de la película se ajustan al estilo de un humor que demora para cocinarse, que se prepara de a pocos, y que irrumpe generando inquietud o provocando el ridículo. La duración de los planos potencia la sensación de estar siempre a la espera de un desastre inevitable para Inés, de una incursión paterna indeseada, de una rutina laboral destinada a quebrarse.      

En “Toni Erdmann” el humor paródico es incómodo, enojoso. Y revelador. La extravagante partida de disfraces del padre empuja a la hija a tentar el juego de las prendas. La humanización de Inés pasa por soltar las amarras de su cuerpo, despojándose de la blusa manchada de sangre, de los trajes de corte sastre y los vestidos ajustados.   Hasta quedarse descubierta. Los disfraces de “Toni” son la contracara del cuerpo desnudo de Inés, convertida en anfitriona de una fiesta nudista y delirante. Con los cuerpos al natural, todos se igualan y las jerarquías empresariales quedan disueltas aunque solo sea por un momento.  

La fiesta de cumpleaños guarda equivalencias con las escenas conclusivas de las clásicas comedias screwball, pero sin el tópico de Cary Grant perdiendo las atenciones de Katharine Hepburn, para luego reencontrarlas. Aquí, el padre de una hija ausente, arrebatada de sus afectos por la obsesión del éxito, la reencuentra usando técnicas poco ortodoxas. La insistencia de Winfried no solo desnuda el cuerpo de Inés; también la devuelve, de modo fugaz, a su propia y lejana infancia. En su disfraz final, Winfried aparece como un monstruo benevolente, el ogro de algún cuento, o el personaje de alguna leyenda del bosque. Es un kukeri búlgaro, cubierto de pelos, que Inés abraza como al muñeco de peluche que alguna fue suyo.       

Dos momentos formidables de la película. En el primero, Sandra Hüller, a la vez poderosa y frágil, canta “Greatest Love of All”, a la manera de Whitney Houston. En esa secuencia, Inés entra a regañadientes en el juego de máscaras del padre, pero en el curso de su interpretación pasa por estados emocionales que la actriz modula con maestría. La canción la posee, descubriendo la emotividad que lleva reprimida.

Otro momento fuerte es el del final abierto, suspensivo. Padre e hija intercambian prótesis dentales, unidos en la complicidad del disfraz. Pero subsiste la incertidumbre acerca de su relación futura. Acaso ella restablezca su “normalidad”.  Acaso él, en otro lugar del mundo, empiece una segunda ronda de embarazosas “performances”.  

Ricardo Bedoya       

2 thoughts on “Toni Erdmann

  1. Estimado Ricardo, hace unos días publiqué “Estrenos 2016″. Es un libro de 178 páginas en formato A4, contiene: Introducción a las carteleras de Estados Unidos, España y Perú. Estrenos en cines de Estados Unidos. Estrenos en cines de España. Estrenos en cines de Perú. Índice de estrenos por países.
    Es una investigación independiente (he redactado, diagramado y editado el libro). No se comercializa en librerías. Te invito a adquirir uno de los últimos ejemplares, con el que cierro la trilogía de libros que he editado en los últimos años, de los cuales ya tienes los 2 primeros. Un cordial saludo!

  2. La película tiene grandes méritos en efecto. Pero para mí lo más interesante es ese contrapunto que se da no solamente entre padre e hija sino entre éstos y Rumanía como país quien pasó del socialismo más dictatorial y cuasi monárquico a abrazar el neo liberalismo económico más ortodoxo impuesto por el consenso de Washington. Como tal es una película de disfraces, desde el comienzo, pero ninguno de los personajes puede ocultar su realidad, quizás acaso cambiarla. Y aquí, creo yo, es donde la película tiene sus límites porque al final lo que se percibe es una fábula con moraleja, un aprendizaje más bien condescendiente. Pero hay que verla por la cantidad de escenas memorables que contiene.

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