Silencio

Isaac León Frías dice en un comentario publicado en un post previo: “Lamento expresar mi desacuerdo con la valoración de “Silencio” que me parece, con “Kundun”, lo más flojo de la filmografía de Scorsese. Es una película permanentemente discursiva y rígida, y no lo digo por la ausencia del ritmo habitual de los filmes de Scorsese, sino porque esta lastrada por esa sobrecarga conceptual que oprime la dimensión íntima y conflictiva del relato […]”

En desacuerdo total con Isaac. Es verdad que otras películas de Scorsese como “El último rock”, “El rey de la comedia”, “New York, New York”, “Buenos muchachos”, “Calles peligrosas”, entre otras dos o tres, resultan más logradas e intensas, pero ello no le resta méritos a “Silencio”.

¿Es discursiva? Sí, lo es, como tantas otras películas sobre el “silencio de Dios” o los conflictos entre la fe y la razón. Como los “Los comulgantes” o “A través de un vidrio oscuro”, por mencionar dos ejemplos canónicos de Ingmar Bergman.

Y no estoy comparando a esas películas con “Silencio”, ya que son muy distintas en intención, tratamiento y resultados. Pero nadie podrá negar que la dimensión conceptual adquiere en ellas una presencia fundamental, pero sin desequilibrarlas.

En Bergman, dramaturgo consumado, el debate explícito se desarrolla a la manera de una pieza de cámara, en planos cercanos y espacios sofocantes. Es a través de la palabra, siempre conceptuosa, que se activan los conflictos. Y es en la oposición casi expresionista de la luz y las sombras que se modela la presencia de esa desesperación humana que no encuentra respuesta del cielo.

 Scorsese, cineasta de otra tradición y formación, muy consciente de la “diferencia” de esta película y del lugar singular que ocupa en su filmografía, trata de conciliar la historia de los desgarramientos íntimos de los padres Rodrigues (Andrew Garfield) y Garupe (Adam Driver)  con la narración de escala épica.

Lo que aleja a la película de las rigideces que percibe León son justamente los valores de su tratamiento cinematográfico: los cambios de las formas narrativas, que pasan de la voz epistolar al relato personal y a la narración a la manera del informe redactado por un cronista mercantil. Del recuento de fe, en la lengua del catequizador, se pasa a la plegaria y luego a la retórica del comerciante. Cada uno de esos discursos da cuenta de algún modo de intervención colonial en ese Japón a punto de cerrarse al mundo.

Pero también importa el tratamiento de los espacios visuales.  El vía crucis de los sacerdotes portugueses no solo es resultado de un enfrentamiento contra los represores de las creencias cristianas, sino también contra la naturaleza y los grandes espacios. Una dimensión natural que se convierte en escenografía del dolor para los cuerpos crucificados o sometidos a tortura y en reducto de clandestinidad para los creyentes.

Lo más interesante de la película es el modo en que la belleza de esos paisajes escarpados se despoja de lirismo, cargándose de presagios y peligros. El viaje en barca a Goto se complica por la niebla en una escena que remite a Mizoguchi; las covachas de los “cristianos” son lugares de culto y resistencia, donde se susurra para crear el efecto sonoro del complot y la oración; la fotografía climática de Rodrigo Prieto se ubica en las antípodas de la de Vittorio Storaro en “¡Apocalipsis, ya!”, esa otra travesía en busca de un ser casi mítico, apostata esencial. A diferencia de la odisea de Coppola, alucinada y lisérgica, la de Scorsese se apega a los colores de la tierra.

Pero también resultan apasionantes los ecos, reflejos y duplicaciones que se perciben en “Silencio”. Andrew Garfield y Adam Driver se convierten en las dos encarnaciones del dolor. El “casting” aprovecha los rostros de los actores, en su tensión o dulzura, para dar cuenta de las realidades del sacrificio o de la apostasía.

Y qué interesante es ver “Silencio” a la luz de la obra de Elia Kazan –sobre todo la de los años cincuenta, como “Nido de ratas”, “Viva Zapata, “Al este del paraíso”- cineasta tan admirado por Scorsese, que le entregó el Oscar honorario contra la opinión de muchos colegas que nunca le perdonaron la apostasía en tiempos del macartismo. O de cotejarla con otras cintas de Scorsese, como “After Hours”, “Buenos muchachos, o “La última tentación de Cristo”. O con algunas películas japonesas que Scorsese admira y conoce bien: “El arpa birmana”, de Kon Ichikawa, por ejemplo.

En algo coincido con Isaac León: “Kundun” es la película más floja de Scorsese. Pero el colorismo exotista de ella no se puede comparar con la pasión serena de “Silencio”.

Ricardo Bedoya        

 

4 thoughts on “Silencio

  1. Totalmente de acuerdo contigo Ricardo, pero además debo mencionar que tu comentario crítico me hizo ver algunos detalles que se me pasaron.

  2. Este comentario tiene spoilers.

    Me parece interesante cómo “Silencio” se opone a “Chinmoku” (1971), la película japonesa de Masahiro Shinoda, basada en la misma novela que ha inspirado a Scorsese. “Silencio” es una película sobre el triunfo de la fe católica, a diferencia de “Chinmoku”, que es un filme amargo sobre su derrota.

    En la película de Shinoda (que tiene guión suyo y de Shusaku Endo, el autor de la novela), el padre Rodrigues, convertido en apóstata es obligado a tomar mujer, lo hace con violencia y la imagen final del filme muestra una expresión ambigua en su rostro que puede ser de orgasmo o dolor. Sobre esa imagen una voz en off, dice en japonés que en adelante Rodrigues recibió el nombre de Sanemon Okada. En la película de Scorsese el padre Rodrigues muere anciano con un crucifijo iluminado por el fuego entre sus manos que forman una cavidad o un corazón, la cruz semeja una semilla. La dedicatoria de la película, que sigue a esta imagen, es a los cristianos japoneses y a sus pastores, “a mayor gloria de Dios”; no es una dedicatoria específicamente a los que murieron, y está escrita en tiempo presente (hay alrededor de 500 mil católicos japoneses en la actualidad), de modo que se podría entender que –pese a todo- la semilla germinó en el pantano.

    En la película de Scorsese, Ferreira le dice a Rodrigues que los supuestos católicos japoneses adoran a sus propios dioses bajo la apariencia del dios cristiano, y le señala el sol como equivalente de Cristo en cuanto signo de resurrección; pero esta constatación de sincretismo es refutada por la dedicatoria final: sí hay cristianos (no falsos cristianos) en Japón. En la película de Shinoda, en cambio, la aseveración de Ferreira, quien menciona como ejemplo a Kannun como quien estaría bajo a la apariencia de la virgen María, adquiere contundencia pues Rodrigues ha visto –varias escenas antes- que los católicos japoneses en la clandestinidad han sacado precisamente una estatuilla de Kannon para venerarla como si fuera la de la virgen. Así, mientras que en la película de Scorsese la aseveración de Ferreria queda desmentida al final, en la de Shinoda ratifica algo que ya Rodrigues ha percibido.

    La película de Shinoda se refiere al silencio de Dios, Ferreira dice a Rodrigues que el motivo de su apostasía no fue el dolor físico producido por la tortura sino el silencio de Dios; en la película de Scorsese no hay silencio de Dios: ¡Dios habla! Se escucha la voz de Cristo diciéndole a Rodrigues que pise el fumei, deje de sufrir y que pare el sufrimiento de sus hermanos, pues él ya sufrió por todos. Este perdón queda refrendado cuando Kichijiro (el Judas del relato) le pide a Rodrigues (ya apóstata y convertido en monje japonés) por última vez que lo confiese y lo absuelva (es decir, lo perdone); Rodrigues accede, ratificando así que no ha perdido la fe y que aún ejerce un ministerio de origen divino y por tanto irrenunciable. ¡Vuelve a escuchar la voz de Dios!, y perdona a Kichijiro como Cristo ya lo ha perdonado a él. En esa escena, también, Rodrígues dice que aun si no hubiera escuchado la voz de Cristo, sentía la presencia de Cristo en él, ha sido en el silencio de sí mismo que ha escuchado la voz de Dios.

    La diferencia entre la caracterización del Rodrigues de Shinoda y el de Scorsese es también notable. El jesuita Rodrigues de Shinoda ordena, grita y evidencia su soberbia; es un soldado de Dios, su modelo es San Ignacio de Loyola. El Rodrigues de Scorsese es seráfico, humilde y está atravesado por la duda, su modelo es Cristo (el Cristo de Scorsese, por supuesto, el de “La última tentación”). El de Shinoda se quiebra, el de Scorsese se inclina, pero resiste como un junco.

    “Silencio” me pareció apasionante, aunque no comulgue en absoluto con el catolicismo de Scorsese.

  3. La película es fascinante y desgarradora…de los 2 comentarios que alaban la película me parece que falta la necesaria referencia al drama de los primeros cristianos…en las catacumbas…la línea de estos eventos horrendos es semejante a la persecución original de la metáfora judeo-cristiana: hay que sufrir para redimirse en esta vida sin sentido…De lo mejor de Scorcese sin duda…coincido con R. Bedoya…aquí no hay rigideces…

  4. Quisiera hacer una acotacion a las reflexiones hechas a Silencio.
    Silencio, a mi parecer, es la pelicula mas intensa y poderosa de Scorsese luego de casi 25 años de hacer filmes, en gran medida, irrelevantes.
    Scorsese no se aleja de ese Jesus de la Ultima tentacion, en tanto, un Jesus lleno de limitaciones e incapaz de realizar taumaturgias. Silencio es un evangelio gnostico – de nuevo – con un Jesus que solo puede estar ahi y nada mas, acompañando al sufriente y compartiendo su dolor. No puede prometerle una vida eterna o un regocijo ultraterreno ( o sea no le puede prometer Justicia). Es inquietante la escena en la cual una joven le habla del Paraiso luego de la muerte y no recibe ninguna respuesta salvo el silencio, que es, segun este evangelio personalisimo, la respuesta de Dios.
    Scorsese evita los paisajes y encierra compulsivamente el encuadre para hacer explotar las luchas internas de sus personajes. Un film ascetico en variadas formas.
    Para terminar, sorprende como Scorsese revitaliza una iconografia cristiana – una humilde cruz de madera, por ejemplo -tan desgastada ya en esta epoca y logra darle ese fuego, fuego que incendia el corazon del padre Rodrigues al final del film.

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