El gran León

El efecto visual más llamativo de “El gran León” no es el que reduce la talla de Carlos Alcántara, creando el contraste con las estaturas de los demás actores y con las escalas visuales de las escenografías. No es ese.

Es más bien el maquillaje de Lima como entorno físico de las acciones. La secuencia de los créditos lo deja ver: se suceden imágenes de actividad urbana y agitación empresarial sobre el fondo escenográfico reconocible de esa zona de San Borja donde se encuentran el Gran Teatro, el Ministerio de Cultura y el Centro de Convenciones. La “geografía ideal” diseñada por el uso de los recursos fílmicos (la orientación del encuadre y el montaje) convierten el área urbana en un simulacro de Wall Street. El contraplano está vedado: una imagen de la actividad bullente de la estación La Cultura, con sus colas inmensas y aglomeraciones, se vería como una pervivencia “pre-moderna” en medio de esa metrópolis de edificios revestidos con cristales reflectantes a los que vuelven con insistencia las cámaras de los drones.

No hay nada más inútil que pedirle verosimilitud o realismo documental a una película. Y menos a una comedia como “El gran León”. Por eso, la observación anterior no es un reproche.  Solo apunta una característica de esta película que sigue de cerca las pautas de su modelo original, la argentina  “Corazón de León”, con Guillermo Francella dirigido por Marcos Carnevale. Mejor dicho, que sigue la letra del guion, porque la transcripción limeña altera sus sentidos e intenciones.

En Argentina se ha dicho que Ricardo Darín es un género en sí mismo. Acaso suceda lo mismo con Francella. Entre nosotros, ese título podría ser adjudicado a Carlos Alcántara si existiese una industria de cine local.

“El gran león” injerta la fantasía del acabado industrial del cine argentino en un medio que impulsa sus proyectos fílmicos apelando a los muy visibles patrocinios de Plaza Vea, Inkafarma o Mall Aventura, que son los únicos signos de referencia geográfica que aparecen sin cosmética en la película.

A diferencia de lo que ocurre con Darín –y con Francella- en sus propios mercados, el público no quiere ver a Alcántara en plan de concentración dramática (“Perro guardián”). Prefiere al comediante que se recrea en performances de autoficción (“¡Asu mare!”) o recurre a los repertorios del humor corporal (“A los 40”). Aquí, bajo el manto protector del recuerdo de Francella, Alcántara se evade de la comedia gestual para ubicarse en el campo del humor atemperado con romance.

Replicada la línea argumental de “Corazón de León”, subsisten las situaciones y los parlamentos del guion, pero lo demás se difumina y queda deslocalizado. Es paradójico que una película que intenta afiliarse a la comedia romántica de aires transnacionales, resulte tan confinada en su propia burbuja. Solo la química entre Alcantara y Gianella Neyra  -y el desparpajo de Patricia Portocarrero- logra combatir la impresión de que todo en la película –desde el diseño de producción hasta el estilo de la fotografía- ha pasado por un filtro normalizador. Ese que le permite asomarse a los salones de exhibición de la producción fílmica profesional, hecha con ojo publicitario y una realización tan funcional que se confunde con la neutralidad expresiva. Apuntando hacia públicos objetivos acotados en los sectores medios y altos, se impone el “look” de catálogo en papel satinado y se minimiza – se disimula, oculta o vuelve invisible- cualquier rasgo de identidad local, lo que explica la ausencia del contraplano de la estación La cultura. O de cualquier otro contraplano revelador de contradicciones.

“El gran León” pareciera postular que los prejuicios y el rechazo a las diferencias son los únicos obstáculos que impiden el acceso pleno a una auténtica modernidad, la de una sociedad blanca y opulenta que pasa sus días entre edificios-espejos y condominios residenciales, como los que diseña León Godoy.

La ideología se filtra por las rendijas, incluso por las de un chiste y un “cameo”. Como no soy un experto en este tipo de abordajes, solo apunto una situación “humorística”  que me llamó la atención (que me chocó): la curiosa asociación de la imagen de una figura de la farándula limeña con lo excrementicio, en medio de un chiste sobre favores sexuales en el Poder Judicial. Un cuerpo extraño se infiltra en el cogollo de los abogados talentosos, bien parecidos, jóvenes y pugnaces del estudio cotizado. Aparecen lo enojoso y lo grotesco.   

No nos riamos, por favor, del tamaño de León, ese arquitecto triunfador, pero sí de la jueza, de su apariencia (con medalla colgante), y de la situación embarazosa en la que se encuentra.  Es paradójica la tolerancia que postula “El gran León”.  

 

Ricardo Bedoya     

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