El hilo fantasma

Es improbable que “El hilo fantasma” gane el Oscar, pero no importa. No necesita el premio para ser la mejor.

Luego de “Pétroleo sangriento”, una vez más Daniel Day-Lewis es protagonista de una película de Paul Thomas Anderson. Pero a diferencia de su personaje anterior, de crueldad exacerbada, gesto crispado y tensión corporal permanente, aquí lo vemos ensimismado, detallista, silencioso. Su poder, narcisismo y pasión se manifiestan con gestos taciturnos y con la paradójica fragilidad con la que lo vemos vestirse y acicalarse. En él luchan la obsesión de dominio y el duelo interno, la herida causada por la muerte de la madre. 

Day-Lewis, formidable, encarna a Reynolds Woodcock, un famoso diseñador de modas en el Londres de los años cincuenta. Es un hombre concentrado en su trabajo. Las rutinas de su vida están resguardadas por la figura de su hermana, que interpreta Lesley Manville con una fuerza y una presencia casi terroríficas. Hasta que el modista conoce a Alma, una joven (Vicky Krieps, tan notable como Day-Lewis) que lo fascina y a la que lleva a vivir en su mansión. Para este príncipe de la moda, esa casa es como un castillo. El castillo del dragón.

Más que a “Rebeca” (a la que la vinculan detalles de la trama y la presencia ominosa de la hermana) , “El hilo fantasma” remite a otro drama gótico, “Dragonwyck”, de Joseph L. Mankiewicz, con su personaje principal, aristócrata y orgulloso, pretendiendo el control de su mundo como si fuese un inflexible director de escena, ansioso por usar y desechar a sus modelos e inspiradoras. Hasta que una Galatea resulta más hábil y calculadora que él.      

La relación entre esos personajes da pie a una trama compleja, que es también un juego de poder y crueldad, pletórico de sentimientos contradictorios. La leyenda de Pigmalión se cruza con la de Barba Azul, a lo que se añade la evocación de las esencias más obsesivas, densas y mórbidas del cine de Hitchcock, de “Notorious” a “Vértigo”.   

“El hilo fantasma” es el retrato de dos personajes que se atraen y se rechazan, se acercan y se repelen en sus cotejos de dominio, deseo y sumisión. Se mueven en un laberinto, o en una lujosa prisión. Las imágenes los muestran deambulando por corredores, en impersonales talleres de trabajo, salones de modelaje o reposando en habitaciones de luz filtrada y fría.

Importan sobre todo las posiciones que esos personajes ocupan en el encuadre. Conforme el pulseo entre ellos se desarrolla, sus ubicaciones se invierten. La centralidad que introduce a Woodcock va perdiéndose de modo progresivo, hasta que lo encontramos con la silueta recortada sobre el fondo del campo visual, como ocurre en la escena en que Alma decide ir a la fiesta de año nuevo.

O lo vemos, impasible, colocado en el último término del encuadre, rechazando el té que se le ofrece, mientras exhibe su gesto de desprecio y humillación. Oculta su rostro elevando los brazos. Es el inicio del fin de su omnipotencia.

Luego, solo resta verlo, desolado, contemplando la euforia de los otros en el baile de año nuevo. Extrañado de ese júbilo, derrotado, la cámara lo acompaña en un largo trávelin que opone su figura, golpeada en el orgullo, con el desorden de un mundo ruidoso –despreciable para él- que se le escapa y al que ya no puede sujetar. Mira la algarabía a través de los ventanales del club, que simulan ser pantallas de proyección.  El mundo es como un espectáculo de movimiento y sonido al que él ha renunciado. La situación y el movimiento de la cámara son propios de estilistas en la línea de Max Ophüls, Cukor o Minnelli.   

Para no hablar de la secuencia de la preparación de la tortilla (no se puede decir más), en la que su ubicación, esquinada, establece una perspectiva singular que lo convierte en una presencia casi fantasmal que contempla, con gesto de complicidad, su destino.   O en la escena de la recuperación del vestido, “manchado” por el comportamiento de la novia, en la que se detiene en el umbral de la puerta, se mantiene expectante y reconoce en Alma los poderes que alguna vez fueron suyos.    

 La música de Jonny Greenwood, tanto como los ruidos agresivos del té al caer sobre la taza o de la mantequilla al ser untada sobre las tostadas del desayuno, alternan armonías y disonancias, relajan y agreden, construyen atmósferas y las desmontan. Crean entornos sonoros que amplifican los comportamientos ambivalentes de cada uno de los personajes en este notable filme de cámara.

Las secuencias finales construyen una temporalidad particular que entremezcla el presente del desarrollo de las acciones con las proyecciones del deseo y la narración de los hechos de un pasado que parece haberse fijado en la melancolía.

Culmina el largo viaje de Woodcock hasta el regazo vengador y maternal de Alma.

“El hilo fantasma” es un melodrama con escenografías de aspecto pulcro y armónico. El exterior es de hielo. Por debajo, arde.

Es extraño encontrar en el cine actual de los Estados Unidos una película tan compleja y fascinante.

Ricardo Bedoya

 

One thought on “El hilo fantasma

  1. ” El exterior es de hielo. Por debajo arde”. ..A propósito, Carlos Boyero el crítico español se quedó helado al ver esta película y de ahí no pasó. Más que una opinión singular, su reseña entrará en la historia mundial de la ignominia. El “hilo fantasma” es una película inusual, sobria, incluso parca, pero fascinante. Aquí las emociones no se expresan mayormente en forma verbal sino se dibujan en la retina y la mente del espectador. Y sin embargo no hay una línea de diálogo que esté demás ni tampoco ninguna escena que falte o sobre. Aunque el recurso narrativo, con Alma como foco central, es manido, se trata de una gran película.

Agregue un comentario

Su dirección de correo no se hará público. Los campos requeridos están marcados *

*
*
Website