Llámame por tu nombre

El deseo en dos tiempos. El primero es relajado y está hecho de paseos en bicicleta, desayunos al sol, fiestas veraniegas, ardores nocturnos, seguimientos pudorosos, siestas satisfechas, admiración de la cultura clásica, demostración de los dones musicales, baños en la fuente, celebración de la sensualidad de las frutas y de la frescura de los alimentos en una Lombardía bella, soleada, relajada y perezosa.

Es el momento del encuentro entre Elio y Oliver, los jóvenes bellos y cultos, seguido por sus aproximaciones, rodeos pudorosos y revelaciones postergadas. El encuentro entre la atmósfera hedonista y la ronda de silencios, sobreentendidos, miradas furtivas y roces entre los dos personajes principales dan cuenta de una apelación física, corporal, atenta a los detalles y texturas, a los colores del campo, de la tierra y de los frutos, amarillos y jugosos. Pero también a los sentidos de Elio, estimulados por el olor de una prenda, por la visión furtiva del Adonis desvistiéndose, por el tacto o por la visión de esa estrella de David que lleva Oliver en el cuello. Escenas breves y descriptivas que establecen el punto de vista del muchacho y se pliegan a la volatilidad de su ánimo: la intensidad de su vivencia del tiempo presente, que pasa de expectación a la inquietud, del ansia a la represión del deseo.  Un suspenso discreto nos indica que algo inevitable ocurrirá entre los dos personajes; solo cabe esperar que aparezca la oportunidad.

El segundo tiempo es el de la confesión de la verdad, del encuentro amoroso, de la iniciación y de los cambios emocionales. Es el momento de la plenitud y las turbulencias. Los espacios visuales se estrechan, los primeros planos se tornan frecuentes, las miradas de los personajes, esquivas hasta entonces, se encuentran. El diálogo incómodo y sincero en la plaza que conmemora la Batalla del Piave moviliza algunas ideas centrales: el contraste entre el gesto heroico representado en la estatua y los miedos íntimos del joven, entre la marcialidad del hecho conmemorado y la fragilidad de los sentimientos. A lo que se añade, claro, el sentimiento de lo glorioso convertido en recuerdo, en historia pasada.

Y todo eso tiene algo de irrecuperable. Como los afectos del padre en el diálogo final con Elio. Empatía y lección de vida –y añoranza de lo que no pudo ser- que se expresan sin didactismo. Solo con emoción.  

Mientras pasan los créditos finales, el rostro de Timothée Chalamet expresa sentimientos encontrados de desencanto, nostalgia  y  acaso resignación. Son los gestos iniciales de aquello que el joven irá comprobando en el resto de su vida, de acuerdo a la interpretación que hace Oliver de Heráclito: el único modo de mantener la identidad es mediante el cambio permanente. El flujo de los sentimientos nos hace ser lo que somos.

El agradecimiento final que incluye el nombre de Bernardo Bertolucci remite a una de sus películas, “Belleza robada”, que es referencia esencial para “Llámame por tu nombre”. Y no solo por sus semejanzas de ambientación; también por las debilidades que comparten. Las acciones de ambas transcurren en espacios idealizados e idílicos, refractarios a cualquier perturbación llegada del mundo exterior. Hasta esas burbujas donde habitan personajes que equiparan sus pasiones y apariencias con los de la cultura clásica no llegan otras tensiones. El artificio se impone en esa representación de cotos donde reinan la tolerancia y la civilización. A lo que se añade otro problema de “Llámame por tu nombre”: el desperdicio de los personajes femeninos, el de Marzia y el de la madre, dos perfiles atractivos que quedan arrinconados. Tal vez sean problemas menores, pero resultan notorios.

Ricardo Bedoya

     

 

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