Un lugar en silencio

“Terror ciego”, de Richard Fleischer; “Espera en la oscuridad”, de Terence Young; “No respires”, de Fede Álvarez. En esas películas, como en “Un lugar en silencio”, de John Krasinski, todo se organiza en torno de espacios estrechos, pocos personajes, riesgos inminentes, una limitación sensorial que impulsa las acciones. Lo demás juega en los espacios no representados. La amenaza que viene de fuera, las presencias recorriendo el sembrío,  la masiva destrucción que está más allá de lo imaginable.

Pero sobre todo importa el modo en que percibimos los sonidos. En una película sobre el silencio, casi como una paradoja, las texturas, los tonos y la ubicación de las fuentes del sonido resultan centrales.

La estrategia del suspenso es un asunto de percepciones y distancias. Lo que Michel Chion llama auricularización subjetiva adquiere aquí un sentido particular. La amenaza resulta más o menos intensa de acuerdo al punto de escucha de cada uno de los personajes.  La focalización pasa de uno a otro de acuerdo a su ubicación en el espacio, sea en interiores o en los exteriores abiertos pero siempre opresivos. De la estridencia pasamos a las acciones en sordina, del silencio absoluto a la irrupción de un ruido agudo que provoca algunos giros dramáticos. No hay un solo relato de suspenso; hay varios, simultáneos, tantos como oyentes hay.

Dime lo que oyes y te diré cuán cerca de la muerte estás.  

El suspenso de “Un lugar en silencio” está sustentado en indicios y trayectorias sonoras más que en pistas visuales, como ocurre en el terror clásico, pletórico de sombras, huellas y miradas que buscan resolver el secreto tras la puerta.

Lástima que el silencio y las presencias sonoras esporádicas estén quebrados por un fondo musical más bien tópico y convencional.

Ricardo Bedoya

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