Avengers: Infinity War

Es estimulante ver a los héroes trajinados, quiñados, disueltos.  Héroes de ceniza.

A Hulk, impotente. A Thor, con un ojo de menos. Gamora convertida en ofrenda de un sacrificio de evocaciones bíblicas. Vision, martirizado.  Nebula, colgada y despedazada en una imagen impresionante, la mejor de la película. Tony Stark, maltrecho en un lugar lejano, muy lejano. Y a algunos de ellos convertidos en los cabellicos de Francisco de Carvajal, impulsados por el viento, en un final suspensivo –en el estilo de las “serial” de los años cuarenta- que tiene una fuerza visual innegable.

Superhéroes adoloridos y hasta mutilados, pero no tanto. Los límites de la franquicia, las exigencias del mercado, las dogmáticas expectativas de los fans y las necesidades de preservación de la marca impiden ir más allá.

Algunos de los quiñes son culpa de Thanos, villano de verdad, interpretado por un Josh Brolin que saca, de muy adentro y con ayuda de mil capturas digitales de sus movimientos, un aire de monarca de tragedia clásica. Antagonista potente, a la vez monstruoso en sus fantasías genocidas y profundamente triste, su amenaza logra convocar a todo el escuadrón de Avengers, unidos después de limar cualquier diferencia del pasado. Ellos reciben los refuerzos de los Guardianes de la Galaxia, de los ejércitos de Wakanda  y otros seres del universo Marvel. Una reunión de héroes tan estelar como la lograda por el italiano Pietro Francisci cuando unió a “Hércules, Sansón y Ulises” (1963), personajes cumbre del “péplum”. Solo que a Francisci el jolgorio le resultó más barato.

Los hermanos Anthony y Joseph V. Russo, fieles a la marca  Marvel, orquestan un revoltijo de franquicias (le llaman “crossover”), pero se las agencian para conducir con claridad las múltiples líneas del relato.

La búsqueda de las Gemas del Infinito, repartidas por aquí y por allá, es el pretexto para trazar la dinámica de las acciones, activar el montaje de situaciones simultáneas y alternar el barullo de las peleas de todos contra todos con los intervalos de un humor paródico basado en chistes referenciales, guiños a otras películas y chacotas diversas.

Los Russo ofrecen a cada uno de los superhéroes un pequeño tiempo de exposición,  al menos el suficiente para decir una línea. No es un gran logro: basta con verlos aparecer para saber quiénes son y qué función cumplen. Tratar de adivinar qué piensan o qué sienten es una pretensión inútil. Los superhéroes existen en la acción y para las acciones, como Star Lord (Chris Pratt), que además pone una cuota de desparpajo paródico y pop en cada una de sus intervenciones. Su encuentro con Thor lo prueba.

Las peleas galácticas, combates en Nueva York, Escocia o Wakanda, quieren ser apoteósicas, insuperables, verdaderos “ya no ya” en las películas de superhéroes.  Los Russo pretenden  que las batallas de “Lawrence de Arabia” y “Alejandro Nevski” luzcan como manís confitados al lado de las que ellos organizan. Las coreografías funcionan, son vistosas y festivas, pero ahí nomás. Dejemos que los hermanos Russo  sean felices con su carnaval y se la sigan creyendo.

Lo que importa aquí es satisfacer a los fans de todos los “nichos” de espectadores y satisfacer las demandas de la corrección indispensable en estos tiempos: los adolescentes tienen al Hombre araña para identificarse con él; los afroamericanos, a Pantera negra, con Wakanda como uno de los grandes escenarios; las demandantes de roles femeninos emancipados se topan con guerreras como Viuda negra –que aparece tan desdibujada como Capitán América-, con Gomora, desdichada pero corajuda, con Bruja escarlata y con las combatientes de Wakanda; los niños, con los infalibles Rocket Racoon y Groot. Para todos hay en este ejercicio de equilibrio: como para darle gusto a Thanos y su pasión por el perfecto e inhumano balance de las cosas.

Ricardo Bedoya   

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