Lima independiente 2018: Grandeur et décadence d’un petit commerce de cinéma

Grandeur et décadence d’un petir commerce de cinema”  fue hecha por Jean-Luc Godard, para una cadena de television, en 1986. En la base está la adaptación de un relato de James HadleyChase, autor de tantas novelas policiales.

El protagonista se llama Gaspard Bazin (Jean-Pierre Léaud), el director de una película que tiene problemas de financiamiento y que lleva su apellido como una interrogación melancólica acerca de la naturaleza y la ontología del cine. A su lado aparece Jean-Pierre Mocky (su personaje se llama Jean Almeryda, el nombre de Jean Vigo), esa figura persistente y excéntrica del cine francés, encarnando al productor que es incapaz de empujar el proyecto fílmico que trae entre manos. Mientras tanto, promueven audiciones con figurantes que marchan ante la cámara recitando líneas de Faulkner.

En manos de Godard, el entramado criminal de una historia se desmonta en beneficio de lo burlesco y lo melancólico. En tiempos de la neo-televisión, el cine ha extraviado a Bazin y a Jean Vigo. Ni la reflexión sobre la puesta en escena ni el espíritu de la rebeldía poética puede subsistir en el imperio de las grandes cadenas televisiva. Por eso, solo quedan los espectros, como el de Dita Parlo de “L’Atalante y de “La gran ilusión”. El cine, para el Godard de mediados de los años ochenta, ha sido arrasado por la lógica seriada de la televisión, repleta de formatos inamovibles y ficciones banales. La era de los autores arriesgados y de los productores creativos está clausurada. “Las nuevas olas” han quedado sepultadas.

En “Je vous salue Sarajevo”, Godard repetía: “La cultura es la regla. El arte la excepción”. “Grandeur et décadence d’un petircommerce de cinema” parece querer probar que el magma impersonal de lo audiovisual es la regla, y el arte del cine es una excepción.

Pero Godard es un resistente. O un topo que se infiltra en territorio enemigo. Para enfrentar a la televisión usa sus propias herramientas y graba en soporte magnético. Se apodera del vídeo, como lo había hecho ya antes, y multiplica las sobreimpresiones hasta hacernos conscientes de la materialidad del soporte, tan diferente de la película de origen fotográfico. Y registra los vestigios de aquello que llamamos cine: los cuerpos en extraños equilibrios, a la manera de Tati; los gestos desconcertantes y tics de un Léaud con bigote; la aparición de un Godard que apela a lo farsesco y acaso vive en el pasado; la evocación de una estrella como Romy Schneider; la memoria de Truffaut muerto dos años antes; la marcha mecánica de los figurantes que agotan el sentido de las palabras mientras avanzan en filas que parecen un guiño a las formaciones deshumanizadas de los trabajadores de “Metrópolis” o a los de “Piso de soltero”; la presencia fantasmal de los “mavericks” de la producción fílmica independiente.

Humor mezclado con un sentimiento luctuoso. El Godard de los ochenta no mostraba los raptos de mal humor que aparecen en sus películas de los últimos años. Podía encontrar el costado absurdo e hilarante aun en lo más doloroso.

Ricardo Bedoya

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