Lima independiente 2018: 24 Frames

El azar de la programación puso “24 Frames”, de Abbas Kiarostami, y “La cámara de Claire”, de Hong Sang-soo, en funciones sucesivas. Curioso porque en la película del coreano encontramos una observación certera del filme póstumo del iraní. El personaje de Isabelle Huppert dice una frase acerca de los poderes transformadores de su cámara fotográfica: “la única forma de cambiar las cosas es mirarlas lentamente y con detenimiento”. Exacto, es lo que hace Kiarostami.

“24 Frames” es la película que cierra la obra de Kiarostami. Y lo hace en forma compleja y perfecta.  El cineasta de la evidencia, el heredero de la tradición del verismo neorrealista, el artífice de la transparencia, el observador de la realidad a través del cine concebido como una ventana abierta al mundo, poco a poco fue reorientando su camino. El espejo reemplazó a la ventana, trayendo consigo una sucesión de reflejos y falsas apariencias que se resumen en “Copia conforme”, una película excepcional.

Lo mismo ocurre con la vertiente “documental” de su obra. Y lo pongo entre comillas porque hablar de documental en Kiarostami es referirse a un territorio incierto, en el que la verdad y la simulación son dos aspectos de la misma representación, como lo probó “Close Up”, pero también en “Ten”.

“24 Frames” está compuesta por igual número de viñetas. Cada una de ellas es expuesta durante cuatro minutos aproximadamente. Aunque la mayoría está en blanco y negro, algunas recurren a un empleo matizado y sobrio del color. La primera toma como punto de partida un cuadro de Bruegel; las otras corresponden a fotografías de Kiarostami. En todas, hay una intervención animada, una incrustación digital, una sombra añadida, el perfil de unas aves que aparecen, un fondo natural que delata su falsedad, las marcas de las ventanas a través de las cuales observamos la caída de la nieve o el movimiento de los animales, acosados por unos cazadores que quedan fuera del espacio representado.

Es verdad que la dimensión añadida en la postproducción hace que “24 Frames” deba mucho al trabajo de Ahmad Kiarostami, hijo del realizador, que parece haber interpretado la orientación del trabajo de su padre. El realismo cinematográfico ya no es lo que era. La pretensión de captar la nitidez o la pureza de lo tangible es ilusoria. Las huellas del mundo visible se han convertido en datos y las apariencias de la realidad son construcciones.

En la segunda viñeta vemos un paisaje entrevisto desde la ventanilla lateral de un automóvil en movimiento. Es un dispositivo de observación empleado antes por Kiarostami para visitar un paisaje devastado por un fenómeno natural (“Y la vida continúa”) o para acompañar la trayectoria de un suicida en “El sabor de la cereza”. Trayectorias de descubrimiento de un espacio desplegándose ante la vista. En “24 Frames”, ese mismo recurso se convierte en un simulacro, un trucaje o un efecto de animación aplicado a la fotografía fija. En todos los “frames” coexisten dos o tres niveles visuales superpuestos. Todos conforman una impresión de realidad distinta, sintética, ilusoria. La nueva “realidad” del cine.

La nieve persistente, el carácter onírico de las imágenes de los espacios naturales que aparecen como desvanecidos por el ambiente y el clima, la fragilidad de las aves, la presencia de la muerte acechando a los animales que avanzan con movimientos inciertos, la noción misma de temporalidad acotada de cada uno de los frames que culminan en un fundido al negro, y el final, con esa imagen de Teresa Wright que se descongela para dar paso al cartel de The End, aportan un aire terminal y melancólico al conjunto. La película final de Kiarostami es también un panorama de lo que es una franja del cine de hoy: tiene de instalación artística y de filme propiamente dicho; de corto y de largometraje; de ejercicio audiovisual puro, pero que no deja de narrar historias de lucha, cacería, resistencia y muerte; de proyecto minimalista de ejecución sofisticada y virtuosa; de síntesis de una obra personal y de la historia del cine en general: tiene encuadres fijos como Lumière; luce una estilización extrema, como la del cine clásico (no es causal la referencia a “Los mejores años de nuestras vidas”, en la que Bazin destacó el uso de la profundidad del campo visual); y multiplica apuntes sobre el cine de hoy y su futuro digital. El cine como ventana; el cine como espejo y el cine como lienzo, donde todo puede ser construido.

Gran película.

Ricardo Bedoya

 

One thought on “Lima independiente 2018: 24 Frames

  1. Abbas Kiarostami hizo esta película sabiendo que iba a morir pronto. Quizás hasta tenía programada la fecha ( es un decir). La cuestión es que el tema de la muerte en ciernes, es una constante en las 24 viñetas. Ahí están los siempre ubicuos cuervos, la nieve y la melancolía ,entre otros elementos físicos y espirituales, presentes. La película es en los hechos monotematica aunque no por eso deja de ser visualmente notable. Sin embargo hay también una suerte de compromiso incumplido el cual era ver el antes y el después de la supuesta realidad que completa las 24 imágenes. Y el montaje solo apunta hacia adelante. Kiarostami entonces no subvierte nada, solo completa con reiterada poesía. Aún así ha sido todo un lujo ver esta película en Lima Independiente.

Agregue un comentario

Su dirección de correo no se hará público. Los campos requeridos están marcados *

*
*
Website