Lima independiente 2018: Season of the Devil

El lamento de los derrotados. “Season of the Devil”, del filipino Lav Diaz, puede verse como la recreación de un período siniestro de la historia de Filipinas bajo la dictadura de Ferdinando Marcos, pero también como una requisitoria contra el actual gobierno homicida de Rodrigo Duterte. Lo cierto es que se trata de una película política, de gesto militante, que apela a la memoria del pasado para dar cuenta de lo que ocurre ahora.

El método es el del teatro épico, el de Brecht y Weil: los personajes, emblemáticos, cantan sus furias y sus decepciones. Los verdugos, sicarios y paramilitares, están tipificados como tales y encarnan la esencia misma del mal. Los diálogos son acompasados, de primaria musicalidad, y sus contenidos insisten en las ideas-fuerza de la voluntad, el sacrificio y el honor enfrentados a la brutalidad. Al ser entonados por los antagonistas expresan lo contrario. Este diálogo conceptual da como resultado un enfrentamiento dialéctico que no tiene pausa y que opone la nueva religión represiva del Estado a las viejas creencias católicas y ancestrales.

Cualquier apunte de realismo, reconstrucción naturalista o énfasis sentimental está erradicado. La teatralidad de los gestos y de la construcción del encuadre es una decisión de la puesta en escena. 

La composición visual privilegia la disposición en el centro de la imagen, con las perspectivas dilatadas por los lentes de focal corta, de uso sistemático, para dar cuenta de una profundidad de campo que a veces se distorsiona. Los personajes parecen estar en el eje de un vórtice que los arrastra y no los deja actuar. Por eso, lucen como siluetas recortadas en un contraluz permanente. El blanco y negro es neto y contrastado, con un pie en el expresionismo y el otro en la estilización visual de algún filme fotografiado por William Daniel a inicios de los años treinta.

La película es notable y audaz, pero inferior a filmes previos de Diaz, como “The Woman Who Left” o “Death in the Land of Encantos”. Carece del impacto emocional de ellas, aunque ese es el efecto buscado. La indignación es intelectual; produce una rabia fría. Aquí somos espectadores invitados a contemplar cuadros que reiteran los gestos lacerados de una Pietá.

Ricardo Bedoya

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