Festival de cine de Lima 2018: Las buenas maneras

“Las buenas maneras”, de Juliana Rojas y Marco Dutra, es una película dividida en dos. No en dos partes, o en dos historias, sino en dos tratamientos, dos géneros, dos ritmos, dos pretensiones. Más que partirse, se desdobla.

Se inicia como una historia doméstica. Vemos a Ana, una mujer joven de la clase acomodada paulista, que pasa por los últimos meses de embarazo. Está sola y lamenta esa situación. Contrata a Clara, de edad media, negra y pobre, para que la ayude en los trabajos de la casa. Ana es locuaz y expansiva, mientras que Clara es silenciosa y parece guardar secretos.

Conforme avanza el relato se abren grietas en el tratamiento realista del ambiente y de esa relación entre las dos mujeres.

De pronto, se apunta un costado nocturno que presagia algo funesto. Los personajes descubren facetas ocultas de su personalidad. Aparecen signos extraños: el sonambulismo  de una de ellas y las acciones de la otra, que acaso remiten a la hechicería.

La ciudad de San Pablo también parece  desdoblarse. Por un lado exhibe, de modo casi desafiante, una modernidad filmada en planos abiertos y clave alta de iluminación. Por otro, luce tenebrosa, con un perfil amenazante, de nubes cargadas.  La iconografía urbana se impregna de irrealidad. Sus imágenes nocturnas, de texturas oníricas, tienen algo de espectral. Al atravesar el puente, los fantasmas salen al encuentro de Clara, como en el clásico de Murnau.  Son “fantasmas” o, acaso, las manifestaciones de lo primitivo, lo ancestral, lo atávico. Lo reprimido.

A lo que se añade el inicio de una relación de intimidad entre las mujeres, ambas ya bajo la influencia de la luna llena.

Mientras la película se desliza a lo fantástico, el componente erótico introduce el asunto de las diferencias culturales y de clase. Y la aparición de lo bestial y lo instintivo en el espacio pulcro de la domesticidad burguesa.

El tránsito hacia lo fantástico, que trae aparejado un cambio de perspectiva narrativa  e introduce una secuencia de animación, resulta enigmático, estilizado  y perturbador.

Hasta que se produce la película se vuelca al tratamiento genérico, con la presencia de elementos tradicionales del cine de horror.  Aparecen entonces las intenciones didácticas, mientras las soluciones narrativas y visuales se tornan previsibles y truculentas.

La licantropía se convierte en metáfora de la diferencia y la segregación. Solo la maternidad, ese sentimiento que traspasa las fronteras de las diferencias sociales y étnicas, puede hacer frente a la intolerancia.

No hay nada menos “fantástico” que los afanes aleccionadores y demostrativos.

Ricardo Bedoya

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