Festival de cine de Lima 2018: Pájaros de verano

Pájaros de verano (2018), de Ciro Guerra y Cristina Gallego, como antes El abrazo de la serpiente, traza un panorama histórico que muestra ambiciones épicas y amplitud de fresco. Estructurada en cantos, a la manera de un poema homérico, el desarrollo dramático se sustenta en la fusión de tres vertientes del cine de ficción: la reconstrucción de episodios de un pasado histórico que se convierten en el fermento de una situación dramática y actual; la recreación de los modos de vida de una comunidad indígena, poniendo en escena sus costumbres y rituales tradicionales; la apelación a los ingredientes genéricos del cine criminal.

Todo ello hilvanado por una trama que sigue, desde el inicio, la formación de  una banda criminal, intentando desentrañar los intereses cruzados de sus integrantes y ofrecer el testimonio del contexto social que permitió su surgimiento. La influencia del cine de Francesco Rosi planea sobre Pájaros de verano.

El arco narrativo es amplio, desde fines de los años sesenta hasta inicios de la década de los ochenta del siglo pasado. Período de conflictos entre los miembros de algunas comunidades indígenas colombianas motivados por el negocio del comercio ilegal de drogas, desde la venta de marihuana a los jóvenes estadounidenses del Cuerpo de Paz hasta el estallido de una guerra sin cuartel entre los grupos familiares.

En el inicio, todo se focaliza en la pretensión de Raphayet, que aspira a casarse con Zaida, una joven que va a cumplir con el rito de paso de la adolescencia hacia la adultez, de acuerdo a las tradiciones de la comunidad cultural wayuu, que exigen de la muchacha un período previo de encierro y práctica del tejido. Los planos abiertos, la integración de los personajes al paisaje y la ritualidad del acto, apuntan al ejercicio de observación  etnográfica, a la crónica de costumbres familiares y comunales, pero también a la exhibición de una coreografía exótica, sazonada con cantos ancestrales. Esas imágenes instalan en la película las dimensiones de lo mitológico. Las de los relatos orales, el tiempo suspendido del tejido y el imperio de las leyes endogámicas.

La impresión inicial es la del retrato de un paraíso extraviado, del último reducto de una placidez natural. Pero esa impresión es socavada muy pronto, con la constatación de que se avecina una plaga. Algo amenaza el equilibrio natural y los ciclos agrarios. Podrían ser insectos, pero también las transformaciones de la época.

El desequilibrio llega con las tensiones entre los comuneros wayuu y los foráneos, ajenos a la comunidad, llamados alijunas, y con las intervenciones de dos personajes disolventes: la madre de la muchacha, que posee la autoridad de los conocimientos ancestrales y los ejerce sin clemencia, y Moisés, un alijuna, amigo de Raphayet, que convierte su espíritu emprendedor en carencia de escrúpulos.

Es entonces que la película se orienta hacia otras vías. Las danzas rituales se dejan atrás, al igual que el apego por las tradiciones. Raphayet es el personaje que trae los gérmenes que contaminan la pureza originaria. O acaso, que sacan a la luz las contradicciones disimuladas bajo las apariencias. En forma progresiva, se instala una lógica que desarticula el sistema de relaciones familiares y sociales que sustentaban a la comunidad. Esa desintegración es narrada en paralelo con otra historia, la de la construcción de un pequeño imperio del narcotráfico. La liquidación de un modo de vida va aparejada con el auge de la modernidad deformada y perversa.

Se pone en marcha un mecanismo destructor. En la descripción del engranaje mercantil del comercio de las drogas se insertan los elementos de género sin afanes de mimetismo. No se emula a los clásicos modernos del cine de gánsteres, como Scarface, de Brian de Palma, o Buenos Muchachos, de Scorsese, ni se pretende la envergadura decadentista de la saga de El padrino.  Lo que importa es la descripción detallada de un sistema de acumulación y de ejercicio de poder. Exposición didáctica del vínculo entre mafia, marginalidad, pobreza, ruralidad y capitalismo que evoca La sfida o Salvatore Giuliano.

Pájaros de verano aclimata los relatos tradicionales de conflictos familiares por el poder y el dinero al mundo de la Colombia campesina de fines del siglo XX. Lo hace marcando distancia de los estereotipos arraigados en la representación de las comunidades rurales  sudamericanas. Si las primeras secuencias de la película parecen ceder al registro deslumbrado de las costumbres de los “otros”, luego se imponen la distanciación y el temple expositivo. También, el aire de tragedia clásica. La codicia y la ambición, apetencias ancestrales, se revisten aquí con las apariencias de una modernidad que arrasa hasta las formas de vida social más antiguas.

Ricardo Bedoya

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