Festival de cine de Lima 2018: Dry Martina

¿Cómo se puede entender que una película tan viva, original y divertida como Dry Martina no participe en la competencia de ficción? Son los misterios insondables de la programación del Festival de cine de Lima.  

Dry Martina (2018), tercera película de Che Sandoval -luego de “Te creís la más linda (pero erís la más puta)” ySoy Mucho Mejor Que Voh”-, cambia de escenario, pasa de un país a otro (de Argentina a Chile), y centra su atención en un personaje femenino abrumado con problemas e inseguridades.

Sandoval desmonta los formatos y las motivaciones de la comedia romántica. Aquí, la búsqueda de la pareja ideal no es resultado de un tierno apasionamiento, sino el producto de un automatismo, una ansiedad o una neurosis que trastoca el esquema clásico del chico que busca chica para convertirla en objeto amoroso. La búsqueda de Martina (Antonella Costa), la protagonista, cantante famosa en busca de la persona que la aleje de su sequedad vital, proporcionándole la satisfacción sexual que parece haber perdido para siempre, va de golpe en golpe, jamás exalta los sentimientos, tiene un cínico pragmatismo y descree de las buenas intenciones.

Por eso, Dry Martina transita más bien por las rutas de la comedia burlesca, de enredos y persecuciones: todos se siguen con un fin incierto o, más bien, equívoco. La cantante Martina abandona un concierto para emprender una fuga o un escape de sí misma. La admiradora de su música (Geraldine Neary) la persigue con el fin de probar que es su hermana; Martina sigue a César (Pedro Campos), el muchacho chileno, para que liquide de una vez por todas las sequedades que la atormentan. Y hay más en esa ronda de confusiones.

Martina se ubica en el centro de todas las acciones. Su dinamismo contrasta con el derrumbe de su mundo. Tiene al padre agonizante, está acosada por las personas que ella no desea, su gata en celo le echa en cara sus flaquezas actuales, y hasta busca renegar de su pasado de estrella pop, pero nada de eso la detiene. Como la película misma, su huida, o su impulso hacia adelante, se sustenta en la velocidad de los gestos y movimientos, en el encontrón físico, que incluye disputas corporales y tirones de los cabellos, y en el efecto hilarante de los diálogos convertidos en vehículos de confusión, como ocurre cuando se contrastan los sentidos de los vocablos chilenos y el de los argentinos.

Los tránsitos de Martina Andrade no tienen las asperezas técnicas de las películas anteriores de Che Sandoval, pero siguen imbuidos de humor absurdo, confusiones, recorridos urbanos, derivas en una ciudad y en otra, e irrefrenable oralidad.

Ricardo Bedoya

 

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