El infiltrado del Kkklan

Dos relatos fundadores se narran, en paralelo, en una secuencia muy importante de “El infiltrado del Kkklan”.

Uno de ellos data de 1915 y hace las veces de proclama y mensaje de avivamiento para un grupo de supremacistas blancos de los años setenta. El otro es evocado por el personaje que interpreta Harry Belafonte ante un grupo de jóvenes militantes afroamericanos. Ambos hablan de violencia y linchamientos. Pero los discursos son antagónicos. El de “El nacimiento de una nación”[1], el clásico de David W. Griffith, es de exaltación del odio racista. El otro, designa un hito en la formación de la conciencia de la necesidad de la lucha de la comunidad afroamericana, denuncia la brutalidad del comportamiento de los blancos y el modo en que Hollywood naturalizó la segregación de los afroamericanos en mil y un representaciones fílmicas.

Lo curioso es que Spike Lee recurre a un procedimiento clave de la película de Griffith para articular esas situaciones. El montaje paralelo que aceleraba las acciones del tercio final de “El nacimiento de una nación”, convirtiéndose en recurso canónico del cine narrativo, aporta la potencia dramática de ese pasaje de “El Infiltrado del Kkklan”.  

Lee pilla el repertorio de Griffith con toda consciencia. Y con el deseo de darle la vuelta a la tortilla.

Si la película silente caricaturizaba con salvajismo a los negros, Lee lo hace con los criminales de capirote que actuaban en los setenta y que hoy caminan envalentonados no solo por Charlottesville, sino también en la Casa Blanca, al grito de “America First”.

Pero no solo el montaje paralelo, como recurso de confrontación dialéctica, es tomado de Griffith. También lo es la disposición dual de muchos otros elementos. Como ocurría en “El nacimiento de una Nación”, que contaba la historia de dos familias confrontadas por la Guerra Civil, encarnación a su vez de las diferencias entre Norte y Sur. 

En “El infiltrado…” hay dos voces, la negra y la blanca; hay dos dicciones y entonaciones; hay dos topos, el afroamericano y el judío; hay dos policías de signos ideológicos contrapuestos; hay dos tiempos que se enlazan, los años setenta y los actuales; hay dos modelos de cine que antagonizan, el de la exaltación del dominio blanco y el de la Blaxsploitation; hay dos géneros que se alternan, el thriller y la comedia; hay dos énfasis en la denuncia, el de la chacota y el del panfleto.

Sin duda, el thriller funciona mejor que el panfleto. Sobre todo cuando Adam Driver contrasta, a fuerza de austeridad, la gesticulante maldad de los supremacistas. Enfrenta a pie firme la psicopatía de Felix (Jasper Pääkkönen) y el cretinismo de Ivanhoe (Paul Walter Hauser) y esa oposición sustenta el suspenso.

El personaje de Ron Stallworth (John David Washington) se mueve mejor en el humor que en el drama o en el romance. Su gesto impávido en la reunión de bienvenida de David Duke, el Gran Mago del Klan, parece el de un comediante del cine mudo. Hasta tiene su gag inesperado, el de la foto Polaroid tomada al vuelo. Y sus movimientos de combate en el estilo de Fred Williamson hubieran desarmado al mismísimo David Griffith.

Pero una escena chabacana y filmada de cualquier manera, verdadero recurso de brocha gorda, aparece hacia el final, en la secuencia del atentado, con la pobre Connie (Ashlie Atkinson) convertida en un fantoche.

Ricardo Bedoya   



[1] “La génesis de un pueblo” es el título con el que se estrenó en el Perú.

 

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