Cuarta Semana del Cine 2018: Tarde para morir joven

“Tarde para morir joven”, de la chilena Dominga Sotomayor, la realizadora de “De jueves a domingo”,  es una película simple y muy compleja a la vez.

Luce como una suma de episodios filmados con sensibilidad impresionista. El punto de vista se establece de inmediato. Es el de una niña, Clara, hija de una de las familias congregadas en una comuna rural en la que parecen compartir todo, desde ideales políticos hasta problemas cotidianos de subsistencia. Ese es el ambiente en el que se desarrollan las acciones: un pequeño mundo en el que estas familias acomodadas han sentado reales, pero sin alejarse demasiado de la ciudad, que se divisa desde las alturas.

No se ofrecen informaciones explícitas sobre el tiempo y el lugar en el que ocurre todo. Lo podemos deducir por las canciones que oímos y por el estilo de la fotografía de Inti Briones que parece simular el de un viejo VHS –incorporando la nostalgia por esos años y por ese soporte- , pero sin las texturas crudas buscadas por Pablo Larraín en “No”, cuya acción se ambienta en una época muy cercana a la de esta película.

La pequeña Clara, como el personaje de Lucía en “De jueves a domingo”, es testigo de lo que va ocurriendo en la comuna, a la vez que busca a su perra Frida, que se escapa sin rumbo. La película empieza el último día de clases antes de las vacaciones y se extiende en un período de ocio que culmina con un hecho violento. La mirada de Clara y la fuga de la perra son marcadores del tránsito, del paso a la madurez. Es el itinerario que va de la placidez instalada en torno del agua de la piscina a la presencia inesperada del fuego. Entre ambos episodios se insertan escenas breves, muy fluidas en su desarrollo, ajenas a cualquier sentido impuesto, de construcción abierta, tono relajado y aire realista y sensual, atento a los estímulos del campo y al clima del lugar.    

Parece no ocurrir nada importante, pero se van tejiendo expectativas y tensiones disimuladas entre los juegos de grupo y las caminatas por el bosque. Clara observa a Sofía, una adolescente que sirve de nexo entre las acciones. Ella es el centro de la ronda del deseo y de aproximaciones eróticas filmadas con distancia y pudor en encuadres abarcadores que nunca pierden de vista la presencia del grupo y de las escenografías naturales. Sobre ella recaen las miradas de curiosidad, atracción, pero también de celos y despecho. Es ella la que afirma la libertad de salir con el hombre que le atrae sin que importe su edad.

Clara, la niña observadora, personaje que concentra el componente de auto-ficción de la película, descubre en la fuga de su perra y en los comportamientos de Sofía algunos gestos alternativos de rebeldía acaso más decisivos que los de los adultos de la comuna. En tiempos de cambios políticos para Chile –con la caída de Pinochet y el retorno de la democracia- la comuna libertaria parece ser un reducto escapista. La verdadera acción política tal vez esté en el gesto de Sofía y en la afirmación de su deseo personal.

“Tarde para morir joven” es una notable película y uno de los títulos más fuertes de esta Cuarta Semana del Cine.

Ricardo Bedoya       

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