Cuarta Semana del Cine 2018: Cold War

“Cold War” suma escenas de una pasión amorosa que no puede realizarse. El retrato de los persistentes amantes tiene la belleza de un blanco y negro lleno de texturas y el formato cuadrado de una vieja película clásica. Todo lo demás lleva el sello de la meticulosidad que impone el director Pawel Pawlikowski: la recreación de época (empieza en 1949 y sigue durante los años cincuenta); las sugestivas escenografías que representan -con un toque de artificial irrealidad- algunas ciudades europeas, como Berlín o París, en la inmediata postguerra; las representaciones musicales y la selección de canciones.

Pero sobre todo, la dirección de los actores. Joanna Kulig es Zula y Tomasz Kot es Wiktor. La cantante y el músico se conocen en la Polonia de 1949. Ella desea participar en el grupo de artistas de música campesina, popular o folclórica que se está formando bajo la opinión de Wiktor. Aparece el amor entre ellos.

El elenco artístico, que incorpora a Zula, pronto recibirá presiones burocráticas del régimen. Llegan como órdenes: Deben cantar loas a la paz, a los héroes del proletariado y al camarada Stalin. La Historia se entromete en la relación de la pareja y los lleva a tomar caminos distintos.

Siguen escenas de encuentros, partidas, despedidas, contradicciones, imposibilidades. Breves, concentradas, emotivas pero nunca sentimentales, siempre elípticas. La condensación formal es el signo de la película. El trascurso de los años, los cambios de costumbres, el paso de las modas, los recorridos por distintas ciudades. Todas esas situaciones se representan con austeridad y contención. La exposición avanza con dinamismo, pero con serenidad. Todo se mueve aquí, todo se trasforma, menos la monolítica arbitrariedad de una dictadura y el deseo de los amantes.

Un deseo que no cede, pero que está lleno de fricciones. Y aquí es que destaca la figura de la actriz Joanna Kulig, que se convierte en el centro de la película. Evoca el gesto de las actrices rusas del cine de la época del deshielo, como Tatiana Samóilova (tal vez sea por la canción rusa que entona),  y la sensualidad de las mujeres de las películas de Bergman en su primera etapa, llenas de decisión, pero también de vacilaciones. Cada gesto suyo abre un costado imprevisible. Nunca sabemos a dónde nos conducirán los cambios de sus afectos. Solo tenemos la seguridad que la conduce la fuerza de su erotismo. Como en el poema de  Quevedo: “nadar sabe mi llama la agua fría…”

Ricardo Bedoya

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