Un asunto de familia (Shoplifters) inaugura la Cuarta Semana del Cine

Hoy, a las 7.30, en el Auditorio Central de la Universidad de Lima, se inaugura la Semana del Cine con la proyección de “Un asunto de familia” (“Shoplifters”), de  Hirokazu Kore-eda. El ingreso es libre y gratuito. Solo lleven consigo un documento de identidad para ingresar. Están invitados.

Los que lleguen temprano podrán ver dos películas más. Las proyecciones de hoy empiezan a las 3 de la tarde, en la sala Ventana indiscreta, ubicada en el pabellón E1 del campus de la universidad. A esa hora se verá “Querido hijo”, del tunecino  Mohamed Ben Attia. Luego, a las 5, en la misma sala, va “Sollers Point”, de Matt Porterfield, que ya comentaremos.

“Una historia de familia”, de Kore-eda,  que ganó la Palma de Oro del Festival de Cannes de este año, tiene el toque agridulce e íntimo de las películas familiares de este director (“Nadie sabe”, “Como padre, como hijo”). Pero aquí la crónica de costumbres y la observación de comportamientos va más allá. Sin perder el equilibrio entre el drama y el humor, Kore-eda introduce un punto de vista muy crítico de las condiciones de vida de ciertos sectores de la sociedad japonesa actual. El realizador se las agencia para empezar su relato de un modo muy tradicional, describiendo las rutinas de una familia común. El estilo es clásico, la narración fluye, los personajes aparecen delineados con precisión. El ambiente de la casa, con sus estrecheces, impone el punto de mirada de la cámara, que se asimila, en su altura y preocupación por mostrar al grupo y sus interacciones, al cine de los viejos maestros del cine de su país.

Pero de pronto vamos descubriendo que la funcionalidad de esa familia no es tal. Y que la naturalidad de sus comportamientos tiene algo de auténtico y de simulado a la vez. Tal vez sea una familia como la mayoría, pero tal vez no.

No puedo revelar más del argumento, pero sí decir que el logro principal de esta película radica en la perfecta fluidez con la que pasa del retrato de grupo al drama de pareja, del incidente criminal al melodrama, de la ritualidad de la vida compartida a la descripción de los riesgos de un acto reprochable, de la atención a los pequeños gestos y a los cruces de miradas de los personajes al frío registro testimonial y reconocimiento de las faltas y de los delitos. También a la recusación de los servicios estatales indolentes. La secuencia del paseo a la playa -la mejor secuencia de la película- aporta lirismo y una melancolía serena.

Y aparecen también el suspenso, la tristeza y una mirada comprensiva y humanista sobre el mundo de la marginalidad, con sus oficios precarios y sus necesidades urgentes.

Unidos por el vínculo de los afectos, esta familia alternativa no es “una familia de tantas”. Hay algo de la ética de una franja del cine neorrealista aquí: infringir la ley puede ser una forma de reclamo exasperado por las humillaciones que impone la vida cotidiana o un modo de intentar la redención personal.

Ricardo Bedoya

 

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