Semana del cine 2018: El largo viaje del día hacia la noche

El personaje principal de “El largo viaje del día hacia la noche” atraviesa la realidad, el recuerdo, la imaginación y el sueño.

Lo acompañamos en todas esas etapas, compartiendo su estupefacción.

Como otras películas muy influyentes del cine contemporáneo, todas partidas por la mitad, desde “Tropical Malady”  hasta “Mulholland Dr.”, el segundo largo del chino Bi Gan nos ubica en tierra de nadie, en un lugar que no tiene coordenadas seguras. Solo se nos dice que estamos en Kaili, hasta donde llega Luo, un personaje de pasado violento, que vuelve a su tierra natal para cumplir una obligación familiar y buscar a Wan, la mujer que amó en otras épocas.

Pero ese resumen argumental solo ofrece una aproximación imprecisa y pálida de lo que la película es.

Mejor, solo da cuenta del hilo que parece organizar la trama, cercana en un inicio a la del cine negro o a ciertas películas del “realismo poético” francés. Está la voz “over” de un narrador reflexivo; está la vuelta del personaje al lugar del que salió urgido; está el deseo de encontrar un sentido actual a aquello que ocurrió en el pasado; están las menciones a las culpas que carga y que acaso intenta reparar; está la posibilidad de hallar una redención; está la memoria del amigo asesinado.

Es la vuelta del personaje, con visos de antihéroe, a sus raíces, con el pretexto de la muerte de su padre, pero con el verdadero fin de hallarse a sí mismo.

Esa búsqueda interior está guiada por la obsesión y adquiere la forma de una mujer. El Kaili de Bi Gan tiene algo del Marienbad de Alain Resnais. El lugar ejerce el mismo efecto de extravío en el protagonista.

Como en la película de Resnais, es imposible saber si la mujer de vestido verde es una presencia cierta, una imagen hechicera, una fantasía persistente, un recuerdo. Lo único cierto es que su imagen, sea real o virtual, impulsa el camino de Wan. Lo conduce a la búsqueda de una figura femenina elusiva, lo que perfila un costado hitchcockiano.

En el recorrido aparecen objetos que se fijan, como motivos visuales recurrentes: los relojes, la fotografía dañada, los charcos, las paredes carcomidas. Ellos lucen a veces la textura tangible de lo real, pero otras veces parecen de la “materia de la que están hechos los sueños”.

Con un pie en la memoria- mezcla de realidad y falsedad, como se dice en la película- y el otro pie en el sueño, el personaje siempre está en tránsito. Atraviesa umbrales, pero no para llegar a la meta sino para encontrar nuevos espacios transitorios: un túnel, escaleras empinadas, corredores interminables, el descenso en una suerte de teleférico.

La última hora de proyección es ocupada por un plano secuencia que recorre un mundo alternativo que vemos en relieve. Si la incertidumbre entre el recuerdo y la fantasía tiene el resplandor del neón y el artificio atmosférico parece inspirado en el cine de Wong Kar-Wai, la ensoñación en 3D no puede ser interrumpida por cortes de montaje y se presenta con colores fríos, apagados, propios de un pueblo minero en decadencia.

La cámara remonta el paisaje, lo muestra desde ángulos altos, viaja en dron, adquiere un punto de vista dominante que le permite estar aquí y allá para vincular a personajes que dan cuerpo a las fantasías de la primera parte de la película. El amigo muerto parece reencarnarse en el niño, la mujer buscada adquiere consistencia, y no digo más.

El plano secuencia, de ostentoso virtuosismo, resignifica y sintetiza todo lo visto en la primera hora. Y contrasta a los objetos centrales de la película: los relojes señalando con su marcha el eterno paso del tiempo y las chispas luminosas marcando la vivencia de la fugacidad.

Ricardo Bedoya  

 

Agregue un comentario

Su dirección de correo no se hará público. Los campos requeridos están marcados *

*
*
Website