Transcinema 2018: Cómprame un revólver

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Cómprame un revólver (2018), de Julio Hernández Cordón, habla de una historia vigente pero a la vez intemporal, la de la violencia en México, pero también en otros lugares de América Latina.

Parte de las experiencias concretas de un país dominado por el crimen institucionalizado (del narcotráfico y sus extensiones en la policía y el ejército) pero las convierte en narración genérica y en relato distópico. Las acciones trascurren en un mundo cruel y en ruinas que resulta desafiado por un padre y una niña que deciden resistir.

La película podría verse como una ficción post-apocalíptica si no supiéramos que recoge evidencias de una violencia cotidiana, pero tamizada por la energía de un relato que apunta a la fábula aventurera.

En cualquier caso, se afinca en una tradición literaria y cinematográfica que remite a las novelas de Mark Twain y a las películas de crecimiento y crueldad de Alexander Mackendrick, como Vendaval en Jamaica (High Wind in Jamaica, 1965). No es casual que la niña que pasa por niño para escapar de la violencia del narco que se ceba con las mujeres se llame Huck (Matilde Hernández Guinea), como el protagonista del clásico aventurero de Twain,  y que su travesía sea fluvial hasta desembocar en una playa que se convierte en territorio liberado por los niños.

Entre la textura alucinada por las drogas que consume el padre y los escenarios ruinosos en los que los muchachos encuentran oportunidades de fantasía y libertad, como en La esperanza y la gloria (Hope and Glory, 1987), de John Boorman, se infiltran episodios que cambian de modo brusco el clima y la fluencia de las situaciones, incorporando el tono del musical y el absurdo en el centro mismo del drama mexicano.

Ricardo Bedoya

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