Alta fidelidad

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Hace poco vimos “Amor de vinilo”, de Jesse Peretz, adaptada de una novela de Nick Hornby. Encontré en el archivo este comentario de “Alta fidelidad” (2000), de Stephen Frears, también adaptada de Hornby. Aquí va.

“Alta fidelidad”, de Stephen Frears, adapta una novela del inglés Nick Hornby, pero traslada las acciones de Londres a Chicago. Esa mudanza no le hace perder el gusto por la descripción de lo local y lo típico, que Frears maneja como pocos. La película es la crónica de un aprendizaje sentimental. Describe decepciones más que entusiasmos pero también las rutinas de una tienda de esquina donde se rinde culto a la música pop y se cultiva el amor por el sonido de los discos de vinilo.

Rob Gordon (John Cussack), el protagonista, es un sobreviviente de sucesivas rupturas amorosas. Eso parece haberlo fijado en una adolescencia perpetua y en una confusión emocional que lo impulsa a hablar sin parar de sus dramas mínimos con todos aquellos que estén dispuestos a oírlo. Por eso, “Alta fidelidad” es una película narrada en primera persona, con el actor dirigiéndose hacia la cámara en monólogos que remiten a “Alfie”, un clásico del cine inglés de los años sesenta dirigido por Lewis Gilbert, así como a algunas películas de Woody Allen.

La referencia a Allen no es casual. Cussack fue su “alter ego” en “Balas sobre Broadway”. Aquí repite el ritmo del fraseo, la impresión de despiste emocional, la oralidad compulsiva y el gesto embobado ante la sorpresa de encontrar a su amada con cualquier otro.

Pero más que la historia de los desengaños de Rob, a Frears le atrae el entorno, ese negocio de discos frecuentado por fanáticos de la música que se pasan la vida enumerando sus vinilos preferidos, agrupados por temas, géneros y bandas. Juego maníaco de los fans que tiene como actor principal a Jack Black, que camina y se mueve con la gracia insolencia de John Belushi. A su lado, aparece Todd Louiso, el timidísimo dependiente. La tienda es descrita con minucia y humor y tiene un costado entrañable, como la tabaquería de “Smoke”, de Wayne Wang, o como los ambientes populares, llenos de confusión y algarabía, de otros títulos de Frears, como “The Snapper” o “The Van”.  

La banda sonora rebosa de canciones que enlazan los asuntos argumentales con los incidentes que ocurren, mezclando euforia y melancolía. La película, lástima, afloja hacia el final, que resulta convencional y concesivo.

Ricardo Bedoya

 

 

 

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