Transcinema 2018: Ainhoa: Yo no soy esa

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Interrogar las imágenes y reflexiones de otra persona con el fin de entenderse ella misma es el propósito de  la chilena  Carolina Astudillo Muñoz en Ainhoa: Yo no soy esa (2018).

Las imágenes son los de una mujer muerta. Se conservan en filmaciones realizadas en diferentes épocas y formatos cinematográficos. Las reflexiones provienen de un diario íntimo que quedó en poder de un hermano luego del suicidio de Ainhoa, esa joven española rebelde y vital que es objeto de la mirada y la atención de la realizadora.

Carolina Astudillo no conoció personalmente a Ainhoa Mata Juanicotena, pero le interesa indagar en su figura y su sensibilidad, tal como quedaron expresadas en las filmaciones y los textos. La motivan razones múltiples, algunas de ellas inextricables. Tal vez la más evidente sea la identificación con su gesto libertario. Carolina encuentra en Ainhoa una suerte de alter ego, acaso coincidente en el tiempo –nacieron con un año de diferencia- pero lejano en el espacio. La chilena y la española vivieron experiencias distintas, pero compartieron gustos e intereses culturales. Sus vidas, con independencia de sus deseos, quedaron marcadas por las realidades políticas de sus países. Una, como hija de la Transición política que vivió España luego de la muerte de Franco; la otra, creciendo en la dictadura de Pinochet.

La voz monologal de Carolina dirigiéndose a Ainhoa –en tono de misiva y apelación epistolar- y la lectura de los textos extraídos del diario que dejó, articulan la narración. Detrás de ella se perfilan dos intenciones: indagar en las imágenes de esa mujer convertida en personaje secreto, y hallar esas zonas oscuras de su vida que solo quedaron expresadas en el diario.

El núcleo dramático es la confrontación de la imagen pública de Ainhoa, delineada en la multiplicidad de materiales audiovisuales que se incorporan, en un registro que abarca desde los primeros meses de vida de la mujer hasta poco antes de su muerte, pasados los treinta años de su edad, y su vida privada, desconocida para sus amigos y familiares, que se va descubriendo a través de las palabras leídas.

En esta carta que nunca llegará a su destinataria se entrecruzan dos modos de concebir las radicalidades políticas y personales. Para Carolina, los gestos contraculturales de Ainhoa son signos de una actitud política que empieza con la libérrima disposición de su propio cuerpo. Pero acaso Ainhoa no lo vio así y cada uno de sus actos solo estuvo impulsado por el “furor de vivir”.

Lo cierto es que entre las imágenes de Ainhoa y sus textos, intervenidos y editados por la realizadora, y la película de Carolina Astudillo se crean relaciones especulares. El reflejo de las vidas paralelas.

Ricardo Bedoya

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