Transcinema 2018: Raccaya-Umasi

“Raccaya-Umasi”  (2011), cortometraje  de  Vicente  Cueto,  aborda  de  modo frontal los asuntos  de la reconstrucción y la recuperación de la memoria.

En 1983, cuarenta  personas de la comunidad ayacuchana de Raccaya fueron  secuestradas por Sendero  Luminoso y llevadas  a la localidad  de Umasi, donde  una  patrulla  militar las asesinó  y enterró  sus cuerpos  en fosas comunes. El corto documental Raccaya-Umasi,  realizado  casi tres décadas  después de ocurridos  esos hechos,  registra la audiencia  pública convocada para  exponer, ante los familiares, algunos  de los objetos recuperados de las víctimas de la masacre. El objetivo: dar con la identidad de los desaparecidos. El único  modo  de identificarlos,  tantos  años  después  del crimen, es a través de las prendas de vestir exhumadas.

La voz de una mujer, con acento quechua, abre el documental. Su voz acompaña unas  imágenes  del perfil urbano  de Lima: al fondo  se divisa un cerro con casas construidas  en las laderas. El discurso de la mujer, de acento  quejoso, informa de repetidos e inútiles viajes a Lima con el pro- pósito de hallar e identificar los cuerpos  de sus familiares, desaparecidos desde  hace décadas.  En otro lugar, se instalan unas sillas para acomodar a los asistentes  a una de las diligencias en el peritaje de parte  realizado por el Equipo Peruano  de Antropología  Forense.

Con movimientos  rápidos e inciertos, el foco selectivo de la cámara fusiona  las texturas  de  los rostros  de  los deudos que  comparecen. La focal larga anula la profundidad del campo  visual y la imagen apuesta  al desenfoque constante: solo entrevemos gestos expectantes. El modo  de registro documental, con cortes netos,  duplica  la nerviosa  espera  de los asistentes,  que se preparan para el ejercicio de la memoria.

De pronto,  se hace  la luz. Desde  el fondo  del encuadre se proyecta un haz luminoso,  como  el de un proyector  puesto  en marcha.  Los asistentes  a la audiencia  empiezan a ver imágenes  de las prendas de vestir que llevaban  las víctimas en el momento del crimen: pantalones raídos, desgastadas prendas interiores,  chompas  carcomidas,  camisas corroídas. Un  polo  lleva  la inscripción  de  “Kung Fu”; otros  tienen  impresas  las imágenes de Súperman o del Hombre Araña. Son fotos de las prendas halladas en cada cuerpo  luego de la exhumación. Los colores de los tejidos aún mantienen sus matices, en rosa intenso o azul. La cámara panea mostrando los rostros de los asistentes  en claroscuro.

La disposición  de las prendas en el encuadre es simétrica.  Los  deudos deben recordar cómo estaban vestidos sus familiares para poder identificarlos.  Sobre las diapositivas  se refleja el perfil de los que  miran y, hacia el extremo  derecho de la imagen,  una chompa  roja y blanca  se sobreimprime al perfil de una mujer. La composición cromática recuerda la de la bandera peruana.

“Raccaya-Umasi”  pone  en escena  o da forma a un hecho  violento  del pasado  sin recurrir a imágenes  de archivo  ni a testimonios  directos.  Se le representa a través de los vestigios extraídos  del sepulcro.  El pasado violento se expone en tiempo presente: las fotografías de hoy establecen el vínculo con lo que ocurrió.

El título del documental alude a dos referentes  geográficos: los lugares donde  ocurrieron los hechos.  Pero no explica  ni interpreta  lo ocurrido. No hay narradores, ni entrevistados, ni especialistas  que den opiniones. Solo la confrontación incierta  de  la mirada  con  el registro  fotográfico de un conjunto de prendas maltrechas  que hacen  las veces de huellas o marcas sobre  las que  debe  rescatarse  la memoria.  La película  convierte esos documentos en memoriales: las imágenes  interpelan.

Ignoramos  si, al cabo de la audiencia,  los familiares logran reconocer a los suyos.  Al final de la película  escuchamos una  voz que  llama, por orden  alfabético, a los asistentes: es una enumeración mecánica  de nombres que bien podrían  ser los de las víctimas. Unos y otros se funden  en la incertidumbre de la situación.

Acostumbrados como  estamos  a las informaciones netas  y pulidas que  suelen  acompañar a los documentales políticos  o de recuperación de la memoria histórica, es posible que la austeridad  formal de Raccaya- Umasi deje la impresión  de falta de referentes o de carencia de datos contextuales. Al no  haber  exposición de  antecedentes, ni intervención de peritos,  termina  imponiéndose el peso  específico  de lo mostrado:  la película  enfrenta  hechos  consumados, que  no  admiten  notas  a pie  de página.  La falta de estadísticas  y de interpretaciones de lo que  ocurrió no mella el impacto  de la barbarie  cometida  sobre  los espectadores, ni los distraen  del asunto  central.

En “Raccaya-Umasi”  hacemos  el recorrido  que  va de  la abstracción de los significantes  de una  ausencia,  tal vez definitiva,  a la nitidez  del horror  más tangible.

Ricardo Bedoya

Esta es una versión condensada del texto sobre la película publicado en el libro “El cine peruano en tiempos digitales”.

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