El primer hombre en la luna

 

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“El primer hombre en la luna”, de Damien Chazelle, cuenta la historia de Neil Armstrong y del proceso que lo condujo a caminar sobre la superficie lunar.

Pero es también la historia de un hombre que viaja hasta el satélite de nuestro planeta para atenuar sus penas terrenales.

El periplo, descrito como una sucesión de pruebas de resistencia física dignas de una ordalía, arranca con una prueba de vuelo que concentra el espacio, acerca la cámara al rostro del actor, y anula la espectacularidad. Hay tensión y expectativa,  pero ninguna acción vistosa.

El astronauta, más que un arrojado conquistador, parece estar cumpliendo esa prueba inclemente para afirmarse en su disciplina, con el estoicismo de un iluminado o de un fanático. O con la resignación del que acepta un sacrificio para escapar de su pesar cotidiano.

“El primer hombre en la luna” no es una película excelente, ni mucho menos, pero resulta admirable por los riesgos que se toma Chazelle. Acaso aprovechando el éxito de “La La Land”, se lanza a desmontar todo lo que podríamos imaginar de una película así.

Pudo tener la envergadura de un blockbuster celebratorio y patriótico, pero es el retrato de un largo duelo personal. Pudo ser un despliegue de efectos deslumbrantes, pero cualquier vivencia de lo extraordinario está filtrada por la subjetividad de un personaje que entrevé la inmensidad del espacio desde las ventanillas de las naves. Pudo ser un exaltante recorrido por los espacios de esa “modernidad” propuesta por la NASA para derrotar a los soviéticos y darle contenido a las promesas de Kennedy, pero las naves que salen de la atmósfera terrestre se agitan como carcochas y crujen como si sus tornillos fuesen a saltar en cualquier momento.

La apelación sensorial es propia de las películas espaciales. Pero aquí no hallamos la propuesta de estimulación psicodélica del “2001” de Kubrick, ni la invitación a sentirse ingrávido y suspendido en las alturas, como en “Gravedad”. Chazelle no le da aire a los encuadres, acosa a sus actores, los asfixia. La cámara se ubica en algún lugar en la estrechez del espacio para registrar desde ahí la incomodidad de los cuerpos encogidos de los astronautas.

Aunque esos cuerpos ya no estén sometidos a la fuerza de atracción de la tierra, ellos lucen grávidos. Aunque el horizonte que tienen al frente sea inmenso, la opción es mostrar el confinamiento de los observadores. Aunque el pesar del luto le haga desear la fuga hacia las estrellas, el lugar al que llega Armstrong es tan cenizo y opaco como el de su vida familiar aquí, en la tierra.

La película lo cuenta todo desde la mirada taciturna del astronauta, interpretado por un Ryan Gosling de impavidez total, ajeno a cualquier lucimiento. Claire Foy lo secunda, en un juego de aproximaciones, distancias y rechazos, con una seguridad notable.

Ricardo Bedoya

 

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