La favorita

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Nota: Este comentario revela algunos incidentes o giros de la trama.

Desde la imagen inicial de “La favorita”, no pude dejar de pensar en una secuencia famosa de “Naranja mecánica”, de Stanley Kubrick. Aquella que muestra el asalto de Alex a la “mujer de los gatos”.

El paralelo podría explicarse por alguna similitud en el tratamiento visual: en la película de Yorgos Lanthimos, como en el caso de la representación del ataque a la desafortunada dama,  encontramos en vidriera el repertorio completo de focales cortas destinadas a inflar los espacios, agudizar las perspectivas, alejar los fondos, exhibir los techos o, en los casos extremos del gran angular, deformar las imágenes.

Pero, en realidad, el recuerdo de esa secuencia no lo suscitó la mirada y el estilo de Kubrick, al que Lanthimos sigue con beata fidelidad. Más bien, llegó asociado con el gesto y la actitud de Alex ingresando, de modo subrepticio, a un espacio privado y femenino, para cebarse con todo lo que va encontrando por ahí.

En “Naranja mecánica”, el personaje que interpretó Alec McDowell irrumpe en la habitación de la mujer del caserón solitario. Una escultura fálica ubicada al lado de la puerta llama la atención de Alex. Con tono sardónico y condenatorio, tacha de “sucia” a la propietaria y carga contra ella, usando la pieza artística como herramienta de agresión y sanción.

Lanthimos también penetra en un espacio privado –el de las estancias reservadas del palacio real en tiempos de Ana Estuardo- para espiar flaquezas,  escarbar en las “debilidades” de las protagonistas, enumerar laceraciones corporales, registrar la descomposición física de la monarca (Olivia Colman), manchar con barro y marcar con cicatrices a sus allegadas. Para describir los impulsos más primarios de las participantes en la carrera por el poder. Es decir, para acumular evidencias contra esos seres arribistas e inescrupulosos que manipulan a capricho la ridícula corte presidida por una reina infantilizada.

La mirada de Lanthimos construye un punto de vista similar al suyo en el interior del relato. Es el de Abigail (Emma Stone), tan parecido al de Alex frente a la dama de los felinos.

Una vez que Abigail  descubre el “secreto” compartido por la reina y por Sarah (Rachel Weisz), aplica en contra de ellas una nutrida batería de chantajes y agresiones. Adquiere la capacidad para someterlas y humillarlas, de pisarlas hasta que chillen, como si fuesen los conejos del aposento real, aun cuando ella misma pueda recibir, más adelante, el mismo trato. Ya sabemos que las metáforas en el cine de Lanthimos no suelen ser sutiles y que los comportamientos de sus personajes se miden de acuerdo a patrones zoológicos. Algunos se comportan como caninos, otros como depredadores del bosque. Aquí, actúan como conejos –o como patos, o como aves de caza, o como roedores- dispuestos a ser maltratados por alguien. El sometimiento y las humillaciones son inexorables.  Ya lo vimos en “Canino”, en “The Lobster”,  en “El sacrificio del ciervo sagrado”.

Las actuaciones de Colman, Weisz y, sobre todo, de Stone, son vigorosas,  qué duda cabe. Pero lástima que la misantropía marque el diseño de sus personajes, definidos por una ruindad que es la exigencia central de un guion determinista. Los extravíos, la perfidia y las flaquezas de cada una de ellas se perfilan desde que lanzan la mirada o la frase inicial,  o desde que emiten el primer chillido, como ocurre con Colman. Es sintomático que al menor signo de humanidad o de compasión (como parece insinuarse en la relación de Sarah y la reina), la reina Ana, la señora Churchill y Abigail, empiecen a revolverse en arcadas hasta que vomitan. No hay escape para la sordidez programada. Los afectos deben ser evacuados apenas despuntan. Solo queda el desagrado visceral.  Si los hombres de la corte son un conjunto de bufones sin remisión, el poder que consiguen las mujeres lleva consigo un componente emético, y hasta excrementicio.        

Ambientada a inicios del siglo XVIII, abundan los personajes con pelucas aparatosas y los rostros empolvados. “La favorita”, como ellos, se muestra prestigiosa, cortesana, “empelucada” y empolvada. La parafernalia visual lo dice todo. El festival de grandes angulares pone la cosmética y recalca las intenciones. Si estamos ante una farsa histórica, el manual exige que el mundo deba lucir distorsionado y hasta grotesco. Y Lanthimos sigue las indicaciones.

La amplitud de los ángulos visuales pudo haber marcado la soledad de los poderosos, perdidos en pasillos palaciegos extendidos en perspectivas sin fin (como en las películas de Welles), pero la impresión que deja es otra: la de personajes sombríos que conspiran en espacios tachonados de tapices e iluminados con velas, porque los guiños a “Barry Lyndon” y a “El contrato del dibujante inglés” no podían quedar fuera.  

Ricardo Bedoya

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