El Vicepresidente. Más allá del poder

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“El vicepresidente. Más allá del poder” de Adam McKay, es una sátira centrada en la figura de Dick Cheney, vicepresidente de los Estados Unidos durante los mandatos de George W. Bush.

Sátira de trazos gruesos, cada uno de sus giros está marcado con plumón fosforescente.

En este carrusel de fantoches, o marionetas jaladas por los hilos del guion, todo se pone al servicio de Christian Bale, que es el verdadero comandante en jefe de ese conjunto de actores camaleónicos que representan a los inquilinos de la Casa Blanca durante los primeros años del siglo XXI.

Es difícil hablar de una evolución de los personajes porque sabemos, desde el inicio, que están movidos por una codicia invariable. La política para Cheney es una extensión de los negocios privados y la guerra, una oportunidad para incrementar sus ganancias. Los demás personajes, desde el Presidente Bush hasta Colin Powell, son comparsas más o menos patéticas o caricaturescas.

Aunque hay que reconocer que McKay concede a su personaje principal ese ligero matiz de fragilidad o de humanidad que le acerca a su hija lesbiana. Un gesto que Lanthimos no es capaz de brindar a las despiadadas damas de la corte en “La favorita”, tan monótonas en su ruindad.

Por lo demás, los incidentes trascurren a toda velocidad, como en “La gran apuesta”, la anterior película de McKay, pero de modo mecánico, sin la trayectoria sinuosa seguida por ese relato sobre la crisis financiera de 2008.

Aquí, el arco temporal abarca desde 1963 hasta la llegada de Obama a la presidencia, y algo más. Cinco décadas de momentos pico convertidos en sketches que imitan por ratos al montaje de Oliver Stone, pero también al Scorsese de “Buenos muchachos” y de “El lobo de Wall Street”, con su narración en primera persona, de acento cómplice con el espectador, y miradas a la cámara. Se infiltra un guiño a “Sunset Boulevard”, de Billy Wilder, pero no digo cuál es porque revelaría algo importante de la trama. Y se espolvorean referencias a los maniqueos reportajes de Michael Moore.

Destaca Amy Adams. Sobre todo en la escena del diálogo a la manera de Shakespeare. Es el mejor momento de la película.

Ricardo Bedoya

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