Suspiria

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De la película homónima de Dario Argento,  “Suspiria” apenas toma la idea general y algunas situaciones muy puntuales. Todo lo demás, es releído a la luz de aquello que a Luca Guadagnino le interesa más: interpretar, en clave de horror, las circunstancias políticas de la “Alemania en invierno” de los años setenta.

Por eso, más que un “giallo” con ingredientes de terror, o viceversa, esta “Suspiria” se acerca, en su tratamiento visual de colores fríos, en su dilatación narrativa, y en la inclusión de informaciones sobre el contexto de aquellos años de plomo, a ciertas películas alemanas de los setenta y ochenta, como las de Reinhard Hauff y Von Trotta.  No son casuales, por eso, las presencias de actrices como Angela Winkler e Ingrid Caven, tan identificadas con el cine alemán de esa época.

Guadagnino incorpora elementos que aparecen en otras películas de Argento, como “Infierno” y “La terza madre”, pero los toma solo como insumos para enfatizar su postulado: las madres infernales, más allá de sus conflictos, son la verdadera mano que mece la cuna de la historia de Occidente. De ahí, la secuela de desastres del siglo XX que enumera la película, como el Holocausto, la Guerra Fría, el terrorismo. El curso de la historia no está regido, pues, por la lucha de clases, por el azar, ni por la intervención decisiva de los grandes personajes. Nada de eso. Solo cuenta la dialéctica maternal e infernal de los suspiros, de las lágrimas y de las tinieblas.

Madres que no obran sobre el cielo de Berlín, como los ángeles de Wenders, sino desde los sótanos o al final de los pasillos secretos. Aunque comparten el poder angelical de conocer los pensamientos y los deseos más íntimos de cada uno de los ciudadanos, como nos enteramos en el epílogo.

La formulación de esa “tesis” es la mochila que más pesa en la película. Apela a personajes que solo están ahí para tratar ese asunto, como el psicoanalista Klemperer. Y frena el desarrollo de las acciones. Las desvía de aquello que mejor funciona: la trayectoria de Susie (Dakota Johnson) por ese rito de pasaje, o itinerario de aprendizaje, que es su estancia en la mansión que ocupa el grupo de danza.

Si el escenario amplio es el de una ciudad partida y una sociedad dividida, la experiencia de Susie también tiene esa escisión. Está en el umbral de una puesta en escena importante. Llega a una casa que separa los espacios de grupo y las zonas secretas. Reemplaza a otra bailarina que, a su vez, ha sustituido a la anterior. Se ubica en la disputa entre dos “madres”. Está en medio de dos concepciones de la danza, o del arte en general, tal como las proclama Madame Blanc (Tilda Swinton): una que postula la armonía de las formas y los movimientos y otra que las asocia con el dolor y lo siniestro. Se sitúa entre dos alternativas de exponer el cuerpo: integrado o descoyuntado. Y aparece entre una y otra sala de ensayo, opuestas por el montaje: la del esfuerzo físico y la de la tortura.

Y hay otra oposición más que debe afrontar Susie, pero que no se puede revelar. Se resuelve en un aquelarre filmado con brocha gorda, de cualquier manera. El peor pasaje de la película.

“Suspiria” es atractiva e insatisfactoria a la vez. Guadagnino no parece confiar en sus propias armas, en lo que mejor le sale: definir a Susie, su personaje central, y enfrentarla a una trayectoria que la conduce hacia lo fantástico. Como si eso fuese poca cosa, se obliga a incorporar el asunto “importante”, yéndose por las ramas.

Un apunte final: “Suspiria” se estrenó doblada en casi todas las salas y todas las funciones. La barbarie del doblaje se ceba con una película en la que se dialoga en tres idiomas: alemán, inglés y francés.

 

Ricardo Bedoya

 

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