El lobo de Wall Street

“… One of us, one of us …”, cantan al unísono los fundadores de Stratton Oakmont, la empresa impulsada por Jordan Belfort, el “lobo” de Wall Street. Repiten la letra y la melodía que entonan los personajes de “Freaks”, de Tod Browning, en la terrorífica secuencia de la cena en la que admiten a la trapecista en el mundo de los monstruos.

Más que lobos en una guarida, Jordan y los suyos se perciben como “freaks”: apacibles y hasta inocentes en el inicio de sus respectivas carreras, son ahora fenómenos modelados por un medio que les incita a atreverse a todo.

Y tanto más montruosos cuanto menos talento o formación posean. Belfort, ese maligno Elmer Gantry, escoge a sus operadores entre los más mediocre, limitados y hasta imbéciles.  La imagen final de la película,  con los rostros expectantes y abotagados de los potenciales “freaks” de un sistema perverso,  resulta inquietante.

“El lobo de Wall Street” extiende hasta las tres horas de duración el fragmento de la jornada paranoica de Henry Hill, “perseguido” por un helicoptero,  en “Buenos muchachos”.  Para conducir el frenético circo de varias pistas en que se mueven, como fantoches, los personajes de “El lobo…”,  Scorsese apuesta al expresionismo y la farsa.

Como corresponde a la gran tradición expresionista, los ritmos, figuraciones, disonancias  y excesos de la película dan forma a la subjetividad alterada y las experiencias físicas de Jordan. Algunas situaciones aparecen como cuentos dos veces contados: la primera vez desde la percepción inducida por el Quaalude (como el episodio del Lamborghini que llega intacto a la casa de Belfort en una de las mejores secuencias del filme); la segunda, por un narrador que evoca los buenos tiempos del pasado sin lamentar nada de lo ocurrido.

La sintaxis también es exacerbada: paneos vertiginosos, congelados bruscos, travellings interrumpidos de pronto por cortes de montaje que enlazan con otros movimientos de cámara de distinta fluencia; cortes bruscos y desconcertantes en un montaje ejecutado con virtud sobrehumana por Thelma Schoonmaker .

El enloquecido curso de la película no da lugar para que el relato se ancle en un género particular. “El lobo de Wall Street” es el retrato de un personaje “bigger than life”, pero no se trata de una biografía fílmica; es la historia de un fraude con acciones basura, pero ni se despuntan las reglas del thriller financiero;  el epílogo de la historia nos conduce por las consecuencias judiciales del asunto criminal, pero el “courtroom drama” no tiene sitio aquí.

A Scorsese no le interesa narrar el detalle de las acciones ni explicar su trasfondo: Belfort, mirando a la cámara, dice que renunciemos a entender las minucias de la especulación financiera. Lo único importante es saber que se cometen acciones ilegales que dan mucho dinero.   Actos consumados en medio de juergas y en la cúspide de la adicción a las drogas y al “color del dinero”. Esos son los episodios que importan, los del descontrol, los que crean atmósfera y aportan movimiento, aunque resulten reiterativos. Son los que explican las motivaciones primarias de esas marionetas del capitalismo salvaje.

“El lobo de Wall Street” es una película espasmódica, acumulativa y brillante en el diseño de cada retrato, cada situación y cada desmadre. Los momentos más potentes aparecen como desgajados del conjunto, imponiendo sus tiempos y ritmos particulares. Son aquellos que traslucen el interés casi etnográfico de Scorsese por registrar y describir los ritos de una cultura (la de los “brokers”, como antes fue la de los gansters o la de Little Italy): ahí está la escena en la que Matthew McConaughey inicia a Belfort en la “llamada de la selva”; el furor de las coreografías orgiásticas con prostitutas en un estilo que evoca al salaz Cecil B DeMille de la era silente, pero releído por Heffner o por Guccioni; las secuencias que confrontan a Belfort con las experiencias del dolor y la sanción (que llegan luego del éxtasis, como corresponde a todo personaje de Scorsese), filmadas con el estilo de la comedia física burlesca, con parálisis y torsiones: un Quaalude vencido convierte a Leonardo DiCaprio en un Jerry Lewis afectado por el más severo de sus espasmos y convertido  en grotesco guiñapo.

Una secuencia excepcional, acaso la de factura más clásica de la película: el diálogo en el yate entre Belfort y el agente del FBI,  Patrick Denham (Kyle Chandler), personaje clave en la película: el hombre de la ley es el que no llegó a ser como Belfort. A través de él, el sistema toma revancha contra los que se atrevieron a jugar sus cartas a fondo y cumplieron sus fantasías.

Desde el personaje de Zasu Pitts en “Avaricia”, de Von Stroheim, hasta la Rita Hayworth en “La dama de Shangai”, pasando por Bogart y Walter Huston en “El tesoro de la Sierra Madre”, los codiciosos siempre recibieron sanción en el imaginario propuesto por Hollywood. El motivo: han desfigurado el legítimo interés por el dinero, traicionando la virtud puritana que le da valor solo cuando se multiplica, por la vía de la inversión, beneficiando a todos. Belfort hace de la codicia una virtud. Es un adicto que satisface sin límites ni culpas su hedonismo. Scorsese lo representa con compleja ambigüedad.

Belfort puede ser un monstruo pero habla de frente, mirando a la cámara, y le entendemos. Sugiere que no prestemos atención a tal o cual incidente, y le seguimos. Protagoniza los actos más bárbaros, desde tirar al blanco a enanos con casco, o se libra a desafueros sexistas, que pasan como extravagantes espectáculos. Seduce a los miembros más conspicuos de la normalidad clasemediera y los convierte en accionistas, piezas del sistema que admiran. Le echa en cara al agente Denham sus limitadas expectativas en la vida y, hacia el final, una imagen del hombre del FBI viajando en un vagón del metro parece confirmar el arrogante aserto de Belfort: la peor desgracia es la de ser pobre.

Hay una pizca de cinismo en esa mirada de Scorsese que agita la hoguera de las vanidades, la ofrece como un musical desaforado y deslumbrante, para terminar insinuando su abyección.

La diabólica fascinación que ejerce el personaje de Belfort –y esa lucidez que le permite aprovechar al máximo los intersticios del sistema- evoca la trayectoria de los gloriosos malandrines del Hollywood de los años treinta. El castigo final no le resta un ápice de fuerza ni de capacidad de seducción. Y Leonardo DiCaprio -que hace de “performer”, predicador  y oficiante de prácticas subrepticias y de riesgo- muestra la misma energía y capacidad para imantar nuestra atención que el James Cagney de los buenos tiempos.

 Ricardo Bedoya

6 thoughts on “El lobo de Wall Street

  1. Se le va la mano a Scorsese. Aunque siempre le gustó el exceso, aquí es too much.

  2. Las 3 horas pasan volando y tiene la mejor actuación de Leonardo, pero no es la pela que prefiero de Scorsese. taxi Driver no tiene competencia.

  3. ¿Como se puede justificar una pelicula de 3horas donde cada 10min se ven escenas de drogas, sexo, inmoralidad, vulgaridad, una y otra y otra vez? (ojo: no soy pacato)

    O sea, ¿Que se puede decir “la siguiente vez” que no se pudiera haber dicho en la vez anterior? y ¿que es lo que el publico debe entender con la reiterancia, la mayor exageracion, viendo una orgia aun mas bacanal todavia?

    “Esos son los episodios que importan, los del descontrol, los que crean atmósfera y aportan movimiento…. Son los que explican las motivaciones primarias de esas marionetas del capitalismo salvaje”
    ¿se “explican” motivaciones primarias de seres que paran “drogados”? (eso interesa? para eso hay que ir al cine?)
    pero y, si son “motivaciones primarias” las de esos personajes -brutos, imbeciles- ¿eso no esta demas hacerlo? (o importaria hacerlo solo un poquito, pero 3horas?)

    “Jordan y los suyos se perciben como “freaks”???… ellos se creian “bichos raros”, underdogs o mas bien polizontes llegados una fiesta de lujo de donde no los botaron y por lo tanto deben sentirse enaltecidos?

    “son fenómenos modelados por un medio que les incita a atreverse a todo”…. ¿en que escenas se muestra el MEDIO, el de las otras firmas de bolsa, el de la economia capitalista-salvaje estadounidense para enteder eso?

    “escoge a sus operadores entre los más mediocre, limitados y hasta imbéciles”… ???? pero si ellos eran los unicos amigos que conocia. No era que el tuviera de donde escoger (i.e. su 1er empleado, el gordito )

    “Los momentos más potentes aparecen como .. las secuencias que confrontan a Belfort con las experiencias del dolor y la sanción”.. ¿cual dolor? pero si al tipo no le importaba nada: su esposa, ex-esposa, hija, tia de su esposa

    “Una secuencia excepcional, acaso la de factura más clásica de la película: el diálogo en el yate entre Belfort y el agente del FBI”… excepcional? ahi hacen hablar al nino bueno con el nino malo, solo para justificar la escena del bus del final (pobrecito el policia que no tiene plata)

    “Belfort hace de la codicia una virtud. Es un adicto que satisface sin límites ni culpas su hedonismo. Scorsese lo representa con compleja ambigüedad.” … ¿compleja ambiguedad? pero si siempre tiraba para sacarle la vuelta a todo y a todos!, desde el 2do dia en su chamba ya tiraba para el otro lado (mejor estaba el Gordon Gekko de Stone, pucha y hasta “Boiler Room” tenia una trama parecida)

    “La diabólica fascinación que ejerce el personaje de Belfort –y esa lucidez que le permite aprovechar al máximo los intersticios del sistema”.. lucidez?? el tipo era un pendejo que sabia mover la demanda de acciones basura (por eso sus empleados brutos)

    Que extrano Sr. Bedoya que despues de haber criticado (odiado) a “La naranja Mecanica” por su exceso ahora alabe una pelicula igual de desmesurada pero sin ningun punto de vista, sin corazon, alma…o sea, despeus del problema de la crisis del capitalismo y las criticas que ya sabiamos que iban a haber contra los brokers de bolsa ¿que de nuevo aporta la pelicula? ¿o sea, la gente de a pie, ya no sabia que estos platudos se tiraban asi el dinero de la gente? ¿3horas para que nos recuerden lo que se hace con mucha plata?

  4. Una consulta, por favor, Sr. Bedoya:
    Cuando fui a ver el filme de Scorsese me encontré con una de las peores traducciones subtituladas de mi vida. Resumían (mucho más de lo que puede entenderse) y hasta inventaban frases que ninguno de los actores decían. ¿Esto se debe a la (para mí) nueva distribuidora Diamond o a qué?

  5. A Ellis: Lo mismo ocurre con Blue Jasmine. Son traducciones apresuradas que distorsionan y empobrecen.

    R. Bedoya

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