Maligno

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El protagonista de “Maligno” tiene 8 años y muy mal humor. Su comportamiento, violento hasta con la mascota, preocupa a los padres. No los deja tranquilos ni cuando duerme: entre sueños pronuncia frases que le salen en un dialecto hablado en alguna zona de Hungría, pese a que nunca salió de su suburbio. Lo que sigue es previsible y lo hemos visto mil veces, porque aquí se encuentran los ingredientes de “La huérfana”, “La profecía”, un poco de “El exorcista”, y muchos condimentos extraídos del cine de terror británico de los años sesenta, con niños que es mejor tener a la distancia. Incorpora también esa cuota de maternidad problemática que aparece una y otra vez en el terror de los últimos años, contradiciendo las programadas emociones de ternura y sacrificio que sustentan las películas destinadas al consumo del segundo domingo de mayo.

“Maligno”, de Nicholas McCarthy, es una película de terror muy tradicional, pero con momentos inspirados. Sigue al pie de la letra todas las reglas del género, pero tiene atmósfera. Descarta las sorpresas y los giros argumentales sorprendentes (nos enteramos de todo el misterio desde el arranque) en beneficio de un par de secuencias que lo justifican todo: la escena del juego de las escondidas y la de la búsqueda de la mascota. Situaciones que apuestan por los climas turbios, los espacios amenazantes y un dosificado suspenso. Y por ese toque cruel que acompaña cada aparición del chiquillo.

“Maligno” mueve las fichas del género y juega limpio, sin ir detrás de los señuelos de prestigio que se han puesto de modo en el cine de horror.

Ricardo Bedoya

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