La casa que Jack construyó

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“La casa que Jack construyó” es, entre otras cosas, el retrato de un asesino en serie ofrecido en cinco capítulos (“incidentes”) y un epílogo.

Matt Dillon interpreta al psicópata que declara haber matado a sesenta personas, a la que se suma una víctima más, tal como lo comprobamos sin duda alguna.

Pero ese homicida es también un arquitecto frustrado, un ingeniero que planea construir una casa con los materiales equivocados, y un ser obsesivo con la limpieza. Pero no solo eso. También es un hombre preocupado por las cuestiones estéticas y por la moralidad y la ética de los artistas.

Pero ahí no queda todo. El siniestro Jack cree que el arte debe mirar de frente a la crueldad y la barbarie, sin complacer a nadie. Y que su ejercicio puede rozar el éxtasis si se aplica con los materiales necesarios, por más viles o repugnantes que estos sean.

Pero hay algo más. Jack parece hablar con la voz del director Lars Von Trier, que nunca ha matado a nadie, pero que ha sido acusado de muchas cosas, desde ser responsable de hostigamientos sexuales hasta tener tolerancia con algunos postulados nazis.

Von Trier, ya lo sabemos, es un provocador. Y a veces es un patán irresponsable. Pero es difícil dudar de su talento, aun cuando resulte cargante, como aquí.

“La casa que Jack construyó” es, por eso, una película irritante y atractiva a partes iguales. Fastidia con su auto indulgencia, más bien quejosa y grandilocuente, con la que intenta ajustar cuentas con sus acusadores. A las feministas les pregunta el porqué de la imputación permanente de culpa hacia los hombres. A los alarmados con sus provocaciones estéticas, les dice que él es un artista que se ensucia las manos y está dispuesto a quemarse en el infierno por defender la integridad de su arte. Pero molesta también con su calculada misoginia y esos personajes femeninos impertinentes y necios a los que castiga con cinismo y crueldad.

Sin embargo, “La casa que Jack construyó” atrae por varias razones.

Por la libertad para apostar por dispositivos narrativos y de representación diversos. Del aire documental, remedo de “found footage”, plagado de zooms abruptos y “jump cuts”, del primer incidente, pasa al pastiche del filme gore y el guiño al “Frenesí” de Hitchcock, con el juego humorístico y de suspenso que muestra al asesino volviendo al entorno de la víctima estrangulada para dejar todo como se debe. El trastorno obsesivo compulsivo convertido en sustento de un gag de acciones reiteradas y cocción lenta.

Del dispositivo de registro de la cámara de cine trasformado en objetivo telescópico de un arma de caza, en una suerte de parodia macabra de la congelada y cerebral representación de la violencia en algunas películas de Haneke, gira al drama crispado, de disputas y humillaciones de pareja, filmado con un estilo de exacerbado realismo, en una suerte de “¿Quién le teme a Virginia Woolf?” en versión reconcentrada y perversa.

Von Trier pone al irredento Jack como protagonista de una revisión, ciertamente grotesca y paródica, de las formas de representación de la crueldad en el cine.

El quinto incidente, en su delirante apuesta, casi fantástica, de apoteosis de un crimen de odio racista, es la antesala del periplo infernal, realizado en un estilo distinto al de los “incidentes “previos.  Se impone una iconografía neoclásica y kitsch, que incluye una variante, a la manera de “tableau vivant”, de “La barca de Dante”. Jack es acompañado por un Virgilio (Bruno Ganz) que hace las veces de guía y contradictor, de interlocutor y acicate de sus reflexiones. Ellas están ilustradas con el retrato cubista que se asemeja a las formas dislocadas de las víctimas de Jack; con las animaciones de las ovejas a punto de ser devoradas por el depredador más próximo; por las filmaciones de Glenn Gould, visto como el modelo del artista poseído; por la imaginería de la arquitectura nazi o “el edificio que Speer construyó”. Y con los fragmentos de las propias películas de Von Trier, desde “Europa” hasta “Melancholia”, esos “materiales” de la casa que Lars construye. Piezas de una película que transita por el ensayo, la auto ficción y la reflexividad. Porque la casa que Jack construye no solo es la que descubrimos al final. Es también la película que vemos.

Ricardo Bedoya

One thought on “La casa que Jack construyó

  1. El viaje al BAFICI y el trabajo acumulado a mi regreso impidieron que escribiera un texto sobre “La casa que Jack construyó″ para este blog. La nota de Ricardo le hace justicia a una película mayoritariamente mal tratada, injustamente mal tratada. Es verdad que Lars von Trier es una figura polémica y que ha tenido frases, actitudes y conductas, no precisamente enaltecedoras. Es verdad que sus películas instalan (a veces quieren ser eso, películas-instalaciones, un poco como las de Syeberberg o Greenaway) componentes narrativos o audiovisuales “extremos”, desde el peculiar “diseño urbano” de “Dogville” hasta las mutilaciones de “Anticristo”, sin descontar la “arquitectura cadavérica” de la película recién estrenada. Sin embargo, la crítica abusa de las descalificaciones de pretencioso, narcisista, autocomplaciente, misógeno, etc. que necesitan estar muy bien sustentadas en el análisis para tener un buen asidero, Si no, son simples adjetivos. Y eso vale también para realizadores que están motivando esas calificaciones como Jorgos Lanthimos, Roy Andersson o el mismo Michael Haneke.
    “La casa que Jack construyó″ puede ser desagradable, incómoda o perturbadora, pero eso no la hace ni mejor ni peor. Admito que la propensión “totalizadora” que suele tener Von Trier lo hace pasar con frecuencia de esa límite que lleva a la insistencia o una cierta retórica del exceso. Su última película no está libre de ese plus, de ese “más allá” que el danés tiende a magnificar. Lo que no quita, que con toda su frialdad y ese carácter obsesivo que personaje central y mirada de la cámara trasmiten, casa uno de los cinco “incidentes” tenga una ejecución muy peculiar y creativa, más aun en un terreno (el de los asesinatos) que tanto se ha prodigado en el cine de siempre, y sobre todo el de las últimas décadas. Puede que la metáfora de la “katabasis” final sea demasiado elocuente, pero no se le puede negar poder visual e imaginativo. Es prudente tratar de despojarse de los preconceptos o de los gustos (y disgustos) frente a la obra de un realizador para abordar cada nueva película como una experiencia distinta. No es fácil, pero se puede hacer el intento sin el riesgo de morir.

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