Nosotros

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Si Jordan Peele es un nombre central en el cine estadounidense actual no es por su capacidad para hacer alegorías sociales, aun cuando sus películas se presentan como fábulas alimentadas por los conflictos y tensiones que dividen a los americanos de hoy. La importancia de Peele se sustenta más bien en su pericia como realizador y en su capacidad para crear atmósferas cinematográficas consistentes en un género, el terror, que enfrenta como se debe, de frente y sin coartadas, apelando al misterio, al suspenso y a lo visceral. La capacidad alegórica de sus historias no resta un ápice la presencia de lo siniestro como materia sensible de la puesta en escena.

Si lo siniestro es ese sentimiento de “desfamiliarización” y de extrañeza que irrumpe de modo súbito al encarar lo ordinario, las dos películas de Peele están impregnadas de ello. En “¡Huye!”, la pervivencia del esclavismo es la fantasía funesta que quiebra la normalidad de la visita del protagonista negro a la familia de la novia blanca. En “Nosotros”, todo lo previsible se desarma ante la presencia de los sosias, esos personajes que son como sombras proyectadas, reversos negativos, usurpadores de cuerpos, espantajos de un mundo subterráneo, esclavos insumisos que llegan para sabotear las ansias aspiracionales alentadas por el capitalismo. Lo siniestro es efecto del desmontaje que todo aquello que ha conseguido -o ha deseado obtener-, esa familia afroamericana de la clase media acomodada. Lo siniestro socava las identidades satisfechas al contrastarlas con sus reflejos alienados, esclavizados.

Pero más interesante que todo eso, es el modo en que lo siniestro se manifiesta y se convierte en presencia tangible. Es decir, adquiere forma cinematográfica.

Está en la extrañeza de la voz de Red, de acento, tono y modulación tan grave que parece salir de las entrañas (Lupita Nyong’o está extraordinaria en sus dos personajes). También, en la duplicidad de los perfiles que se asoman durante la noche para acechar en la residencia. Y en la uniformidad del color y la forma de los mamelucos que llevan los visitantes –reos antes que vecinos-, en contraste con la diversidad cromática que es la marca de distinción de todo aquello que el dinero puede comprar.

Lo siniestro se asoma en las imágenes de dualidad o duplicidad que refuerzan el motivo argumental y dramático del doble, como los objetos domésticos, conformados por dos piezas, que se trasforman en herramientas dañinas: las agarraderas de las tijeras; los guantes y su uso disfuncional; los anteojos que despiertan la necesidad de posesión de Abraham. Dualidad visible también en las relaciones de los personajes, y no solo de cada una de las familias y sus reflejos, sino entre los Wilson y los Tyler, que parecen buscar la emulación perfecta. Y en los espacios físicos divididos, como los ambientes de la casa Tyler y el territorio de los Estados Unidos mismo, dividido de modo transversal y vertical, de arriba hacia abajo. En la superficie, por un “Hands across America” que es también dual: aquel que anuncia la televisión y el alternativo, que vemos conformado a través de las montañas; en el subsuelo, por túneles y mazmorras, en una separación jerárquica entre la América visible y amable y la de las galerías subterráneas.

Dualidad siniestra, como la sombra que persigue, en la identidad numeral del capítulo y el versículo de Jeremías que aparece como un “leit motiv” visual y, sobre todo, en el encuentro especular entre la niña y su semejante en el parque de diversiones, en una secuencia tan lograda como la inicial de “¡Huye!”.

Todos los signos de lo funesto se van sembrando en el curso de las acciones, a la manera de detalles visuales: desde la araña que camina por el reducto familiar hasta la conversación confidencial sobre el comportamiento de la niña Adelaide que entrevemos en un encuadre oblicuo que fragmenta el espacio, provocando extrañeza. Una conversación que se resignifica al final de la película.

“Nosotros” pasa de lo enigmático a lo visceral. De la secuencia formidable del parque de diversiones, con trasfondo ominoso, en la que se mezcla el recuerdo de “Los mellizos del terror”, de Mulligan, con el de “La feria de las tinieblas”, de Jack Clayton –provoca decir también con algunos pasajes de “Las 7 caras del Doctor Lao”, de George Pal- , se gira a otro tipo de amenaza. A primera vista, la intrusión de los extraños parece llevarnos al terreno cerebral y demostrativo de “Funny Games”, pero Peele prefiere jugar las cartas del horror. Y lo hace con maestría. Los enfrentamientos, el acoso, las irrupciones sorpresivas, la lucha de Adelaide con su doble, con su secuestradora, con ella misma, con su usurpadora, con su semejante, su opuesta y su igual, tienen una precisión coreográfica. No por brutales, esas escenas son menos armónicas y pulidas en su ritmo.

Es verdad que “Nosotros” se embrolla hacia el final. La necesidad de aclarar algunas situaciones precipita la exposición y la satura con una abundancia de datos, aunque esas explicaciones, de modo paradójico, abren nuevos interrogantes y conducen a la película a un campo de reflexión político que en su momento recorrieron cineastas del horror como Cronenberg en “Videodrome”, Romero en sus filmes de Zombis, y Carpenter en “¡Viven!”.

Aun con esa debilidad final, “Nosotros” es notable.

 

Ricardo Bedoya   

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