Festival Al Este 2019: Leto

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Leningrado, inicios de los años ochenta. Las políticas de reestructuración y transparencia (Perestroika y Glasnost) están incubándose en la muy gris Unión Soviética. Las autoridades no ven con buenos ojos a los jóvenes que admiran a Lou Reed y asisten a conciertos de rock. Como rígidos guardianes de la moral, vigilan los movimientos y reprimen el júbilo de los asistentes. Pero la escena rockera subterránea es imparable. Ese es el punto de partida de “Leto”, del ruso Kirill Serebrennikov, realizador de la apasionante “El discípulo”.

La película tiene varios niveles, como capas que se superponen. Es la historia de la resistencia musical y política de una generación que ama la música y la cultura anglosajona. Es el relato de un triángulo amoroso. Es el retrato del fin de una época, de un régimen y de un sistema político. Es una crónica melancólica y en blanco y negro de un grupo de personajes descreídos de la cacareada “dictadura del proletariado”,  poseídos por la necesidad de vivir rápido y desafiar la línea de hierro oficial. Es el registro de los momentos privilegiados de los jóvenes que disfrutan del mar, del vodka de origen dudoso, de la sensualidad de sus cuerpos desnudos, de sus caminatas por la ciudad y el bosque, de sus canciones.

Pero es también un alegato político y libertario, un filme musical, una fantasía onírica que pone en escena algunas canciones mezclando diálogos y canto, animación y acción en vivo.  Serebrennikov es ambicioso, se toma varios riesgos, que no siempre le salen bien, y sabe moverse en el desequilibrio, superando las irregularidades del ritmo y los baches narrativos. Pero “Leto” es vital y tiene varios raptos de inspiración coreográfica -como el del tranvía-, lo que se agradece.

Ricardo Bedoya

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